miércoles, 25 de noviembre de 2015

No es normal... ¡es INACEPTABLE!


NO es normal

  • Que tu pareja te insulte, agreda o tome decisiones por ti;
  • Que te quiten la cédula o te prohíban trabajar;
  • Que tu esfuerzo en el hogar o en el trabajo no se valore;
  • Que ganes menos que colegas hombres con la misma experiencia y formación;
  • Que en tu propia casa no te sientas segura y feliz;
  • Que te manoseen en el transporte público;
  • Que critiquen tu pelo, forma de vestir o actuar por no parecer "femenina";
  • Que te agredan verbalmente cada vez que sales a la calle;
  • Que cuestionen tus valores cada vez que te pones una minifalda y sales a bailar;
  • Que se te diga que no debes andar sola porque no puedes cuidarte;
  • Que te enseñen a vivir con miedo, pensando que eres incapaz o que estás indefensa;
  • Que te reclamen porque tu cuerpo no se parece al de una "modelo" de revista;
  • Que te violen porque ibas sola, o de noche, o mal vestida, y por eso "lo merecías";
  • Que te asignen solo unos cuantos colores, gustos, profesiones, roles y actitudes porque son los apropiados para una "señorita";
  • Que te obliguen a tener sexo si tu no quieres, así sea tu pareja;
  • Que te controlen tu contraseña del celular, correo electrónico o cuenta bancaria;
  • Que te critiquen si no quieres tener hijos porque no serás una "mujer de verdad";
  • Que te limiten cada vez que quieras progresar o probar algo nuevo, porque es muy peligroso para una mujer;
  • Que te obliguen a escoger entre tu familia y tu trabajo, porque querer ser exitosa es ser arribista y mala madre.

Nada de esto es normal... es INACEPTABLE. Nada de esto es cierto... es una TRAMPA. Todo esto es común, pero es DESPRECIABLE. 

La violencia contra las mujeres está a nuestro alrededor, todos los días, en todos los estratos y de todas las formas: física, psicológica, económica y un largo etcétera. Es silenciosa y progresiva. Ningún hombre maltratador golpea en la primera cita. Está en nosotras detectarla a tiempo y poner límites para protegernos, pero también, está en nosotras ayudar a nuestras vecinas, tías, hermanas, sobrinas, amigas, primas y a cualquier conocida que veamos en situación de maltrato. No aceptemos la dependencia, los celos, el maltrato, las imposiciones ni los estereotipos.

Porque somos más que faldas, maquillaje y buenos modales. Somos más que el puerco "pétalo de una rosa". Somos valientes, capaces, berracas y poderosas. Somos luchadoras y resilientes. Somos todo lo que queramos ser y no lo que nos quieran imponer. 

Felíz #DíaNaranja. 

Felíz día de la #NoViolenciaContraLaMujer

25 de noviembre de 2015

domingo, 8 de noviembre de 2015

El debate sobre la adopción igualitaria es un problema de coherencia…y de amor


Citando las palabras de una sencilla pero extraordinaria samaria, debo decir que “este país da para todo. Definitivamente García Márquez no se inventó nada”. En efecto, mi madre me repetía esas palabras mientras yo aprendía a reconocer a Macondo en cualquier esquina de Santa Marta, Bogotá y Colombia. Hoy me parece macondiano el hecho de que mi país me sorprenda positivamente con unas discusiones de avanzada como la que suscitó el reciente fallo de la Corte Constitucional a favor de la adopción por parte de parejas homosexuales; todo esto mientras no hemos sido capaces de superar problemas básicos como evitar que nuestros niños mueran de hambre y sed en Chocó, La Guajira y otros departamentos aunque los recursos para atenderlos y cuidarlos existan. Definitivamente, esto es Macondo.

Pese a esto, hoy me quiero concentrar en lo positivo. Ese debate de avanzada tan interesante y con un potencial enorme para hacernos mejores personas. En este tipo de discusiones usualmente se presentan posiciones muy fuertes, muchas veces inamovibles, asociadas a nuestra visión de sociedad y arraigadas en creencias muy sensibles y valiosas para cada persona.

En mi caso, este debate tiene que ver con algunas de mis más íntimas convicciones acerca de la necesaria IGUALDAD legal y material que aún no existe en mi país y que espero ver algún día. Por ejemplo, es supremamente injusto que una pareja amorosa quiera adoptar y que se mire primero si es homosexual en lugar de establecer su idoneidad económica y psicológica. Por ejemplo es supremamente injusto que un niño con las mismas capacidades y sueños de cualquier otro no pueda sobrevivir solo porque por los azares del destino no nació en un barrio lujoso de una gran ciudad sino en una zona rural en un municipio apartado y muera de hambre. Por ejemplo es supremamente injusto que una persona con discapacidad auditiva o visual no tenga las garantías para desarrollar todo su potencial en cualquier colegio o universidad y construir un futuro exitoso. Por ejemplo es supremamente injusto que a una persona preparada y responsable se le niegue un trabajo sólo por su color de piel. Por ejemplo es supremamente injusto que unos padres rechacen a su hijo sólo por sus preferencias sexuales. Por ejemplo es supremamente injusto que…

Querido lector o lectora, si usted no ve en TODOS los anteriores ejemplos el MISMO problema de discriminación e injusticia, entonces apreciado lector, usted tiene un problema de coherencia y por ende, usted y yo estamos en orillas opuestas de este debate.

Como sé que tengo pocas probabilidades de cambiar su opinión, a continuación presento algunas ideas sueltas de manera muy humilde y sincera, con el fin de contribuir a la reflexión de aquellas personas que, independientemente de su postura en la discusión del matrimonio y adopción igualitaria, están dispuestas a escuchar al otro, a defender su postura con argumentos serios y reflexivos, a respetar las opiniones ajenas como quiere que se respeten las suyas, y finalmente, que estén en capacidad de cuestionar algunas de sus ideas y creencias si es que estas no resultan coherentes, racionales y defendibles, pero sobre todo si no son justas, si no son  humanas.

A continuación esas ideas sueltas:

·         Existen malos padres y malas madres independientemente de su orientación sexual. De hecho, son padres heterosexuales quienes tienen hijos irresponsablemente y los abandonan.

·         Los violadores de niños no se llaman homosexuales. Se llaman pedófilos y la gente muchas veces, por ignorancia, confunde un delito (abuso sexual de menores) con una preferencia sexual válida y respetable (tener relaciones sexuales adultas con consentimiento).

·         El único problema de un niño criado por personas homosexuales viene de afuera, y es el odio, intolerancia e injusto rechazo de otras personas, principalmente heterosexuales. ¿No deberíamos entonces intentar educar a esas otras personas en el respeto y la igualdad, en lugar de culpar a padres o madres amorosas?

·         Las personas LGBTI provienen de familias heterosexuales, muchas de ellas católicas. ¿Tiene validez entonces el argumento de que las niñas y niños serán homosexuales porque los crían personas homosexuales?

·         Los mismos argumentos tradicionales y bíblicos utilizados hoy para rechazar el matrimonio igualitario y la adopción por parte de parejas del mismo sexo son los que anteriormente se usaban para impedir la abolición de la esclavitud, justificar la discriminación (contra afros, judíos, gitanos, etc.), difundir el nazismo y negarle los derechos a las mujeres en todo el mundo. Algunos de estos argumentos son: ese es el orden natural; permitir eso va en contra de Dios; lo dice la biblia; destruiría a la familia; atenta contra los valores y la moral; afectaría a nuestros niños; promovería el vicio y la perdición.

·         ¿Por qué si hemos llegado como sociedad a un consenso acerca de que TODOS somos iguales (unos sinceramente y otros porque es lo políticamente correcto), no somos capaces de llevar a la práctica ese principio y defenderlo aunque no estemos de acuerdo con los beneficiarios de esa defensa? ¿No es esa la base de una verdadera democracia?

·         No existe igualdad ante la ley, ni en la teoría ni en la práctica, si un grupo de personas es excluida de un procedimiento legal (adopción, matrimonio civil) sólo por el hecho de tener un modo de vida, ideología, cosmovisión, cultura o preferencias distintas, cualquiera que éstas sean. Lo mismo diría si los católicos en Colombia fueran minoría y se les discriminara por sus creencias.

·         Si el Estado colombiano es secular (no religioso) y lo que reclama la comunidad LGBTI es poder formalizar ante la ley sus relaciones estables, sin que esto afecte de ningún modo los matrimonios católicos, ¿por qué no existe en Colombia el matrimonio civil para parejas del mismo sexo?

·         Si en su momento la abolición de la esclavitud, los derechos de las mujeres y otros tantos intentos por acabar con injusticias históricas se hubieran decidido “democráticamente” sólo por voto popular, mujeres y afros aún seríamos ciudadanos de segunda categoría en muchos países del mundo. Si fuera sólo por el voto popular, la mayoría de avances en términos de dignidad y derechos para todos no se habrían conquistado en sociedades conservadoras, mayoritariamente religiosas o simplemente temerosas del cambio.

·         El fallo de la Corte no implica que el día de mañana cientos de parejas gay reciban a niños automáticamente. Lo que implica es que quienes quieran aplicar serán considerados en igualdad de condiciones, sin importar su orientación sexual, y deberán pasar rigurosos procedimientos para establecer su idoneidad. Hay violadores y malos padres en todos lados, de todas las posiciones políticas, de cualquier color de piel, de cualquier región del país, de cualquier preferencia sexual. Por eso lo que debemos reclamar es que el Estado sea efectivo en identificarlos y negarles la adopción si quieren ser padres y quitarles a los niños si ya lo son (aunque sean heterosexuales).

·         Existe una gran probabilidad de que alguien que usted aprecia mucho como persona o admira mucho profesionalmente sea gay y usted no se ha dado cuenta. El rechazo y la intolerancia en nuestro país hace que buenas personas no puedan vivir plenamente. ¿Dejaría de admirarlo o respetarlo si así fuera?

·         Las familias diversas, no tradicionales, distintas del rígido y anacrónico[1] modelo mamá-papá, son una realidad hoy en Colombia y eso ni el Procurador lo puede cambiar. Millones de buenas personas, exitosas y sin problemas psicológicos han sido criados por una abuela y una tía (sin la supuestamente indispensable figura paterna), es decir dos mamás; un padrino (un solo papá); una sola mamá o papá (padres solteros); dos mamás homosexuales; una mamá y un padrastro; una tía homosexual; un tío heterosexual; y un largo etcétera. Del mismo modo, muchas personas con depresión, frustraciones e infelicidad han sido criadas por parejas tradicionales (papá y mamá) pero sin amor, tolerancia o respeto. Por ende, ni la heterosexualidad es sinónimo de buena paternidad ni la homosexualidad es sinónimo de vicios y perdición.

·         ¿Cuántas personas con problemas de alcohol, drogas o sin una pareja estable son heterosexuales? ¿y cuántas homosexuales? Existe promiscuidad y drogadicción independientemente de la orientación sexual. Asociar los vicios y la falta de valores a un solo grupo de personas no solo reproduce estereotipos y va en contra de los hechos y la práctica sino que es supremamente injusto y encierra un enorme problema ético sobre el cual hay que reflexionar.

En conclusión, este debate tiene un enorme potencial para cambiar lo que somos y queremos ser como sociedad. No se trata de renunciar a nuestras creencias, eliminar la religión o transformar completamente nuestras normas, leyes y valores. Se trata simplemente de COHERENCIA. Si TODOS los días hablamos de igualdad debemos llevar ese principio teórico a la práctica. Si nuestra biblia dice que todos somos iguales ante Dios y que nos debemos amar los unos a los otros; si nuestra Constitución dice que nuestra sociedad está fundada en el respeto de la dignidad humana y todos tenemos los mismos derechos sin discriminación alguna (art. 1-5); si todas las religiones y credos hablan de amor; entonces, ¿cómo se justifica la discriminación? ¿Por qué un grupo de personas, de entrada, son malas, incapaces y problemáticas? ¿Por qué no respetamos la vida sexual y privada de todos por igual? ¿Por qué nos molesta que un hombre hable de modo “femenino”, o que una mujer se vista “masculino” si todos tenemos derecho a expresarnos libremente? ¿Por qué dejamos que otros nos impongan lo que debe ser “masculino” o “femenino”? ¿Por qué los hombres no deben llorar y las mujeres no deben entrenar o ser musculosas? ¿Por qué un dios, cualquiera que sea, no estaría de acuerdo en que nos amemos como personas, independientemente de si somos hombres o mujeres? ¿Por qué el amor que dos mujeres quieren darle a un niño vale menos que el amor de una pareja “normal”? ¿Por qué dos hombres no pueden enseñarle a un niño a ser amoroso, respetuoso y responsable?

Si no tienes una respuesta razonable, respetuosa y justa para las anteriores preguntas, entonces, mi amigo lector, estamos en el mismo lado del debate. ¡Que viva la coherencia! ¡Que viva el amor! ¡Que vivan todos los amores por igual!



[1] Error que consiste en presentar algo como propio de una época a la que no corresponde.

miércoles, 16 de septiembre de 2015

No hay desarrollo sin igualdad de género…incluso en Santa Marta

publicado originalmente en el semanario regional Opinión Caribe 

“Poner dinero en las manos de mujeres puede tener un efecto positivo a largo plazo en toda la familia, pero las mujeres siguen sufriendo más la pobreza que los hombres en el mundo”. Proyecto Half the sky

“Sólo es posible hablar de verdadero desarrollo cuando todos los seres humanos, hombres y mujeres, tengan la posibilidad de disfrutar de los mismos derechos y opciones” Organización de las Naciones Unidas (ONU)

¿Cuántas mujeres conocemos que han sido acosadas en la calle, bien sea física o verbalmente?, ¿cuántas historias hemos escuchado de jóvenes “manoseadas” en el transporte público o en lugares muy concurridos?, ¿cuántas violaciones siguen siendo justificadas por una actitud o modo de vestir de la víctima?, ¿cuántas mujeres brillantes no lograrán nunca ser gerentes, socias, ejecutivas, congresistas, ministras o presidentas a pesar de sus capacidades?, ¿cuántas personas en el mundo no pueden acceder a educación, salud, empleo o vivienda digna por el simple hecho de ser mujeres?
La igualdad de género es un tema fundamental en cualquier sociedad y uno de los principales retos de todas las democracias contemporáneas. No es un asunto de feministas extremas, de académicos aburridos, de divorciadas amargadas o de desesperadas locas que odian a los hombres, como muchos infortunadamente aún piensan. La persistencia de inequidades entre mujeres y hombres es un problema serio que se manifiesta en todos los aspectos de la vida: laboral, familiar, social, afectivo, político, educativo y económico, trayendo así profundas consecuencias en la vida diaria de hombres y mujeres, y por ende, en el futuro de un país.
Numerosos estudios señalan que los países y empresas que fomentan la equidad de género avanzan “más rápido y más lejos”. Como señaló Michel Bachelet en 2012, siendo Secretaria General Adjunta de las Naciones Unidas y Directora Ejecutiva de ONU Mujeres: “una mayor igualdad de género se correlaciona positivamente con un mayor PIB per cápita; la participación de las mujeres en la fuerza de trabajo y los ingresos genera mayor crecimiento económico y tienen un efecto multiplicador en la sociedad como un todo; la igualdad de acceso de las mujeres a la tierra y otros insumos agrícolas aumenta la productividad agrícola en un 20 a un 30%, y reduce el número de personas con hambre; las empresas con tres o más mujeres en sus juntas directivas, o en la alta dirección, superan su rendimiento en un 53% en comparación con aquellas en las cuales no está ninguna mujer”[1].
Trabajar por un entorno justo para las mujeres es entonces “un buen negocio” y no solo un discurso trasnochado sin ningún impacto. Incluso para el Banco Mundial, “empoderar a las mujeres y niñas no solo es lo correcto, sino que además es una medida acertada desde el punto de vista económico y esencial para poner fin a la pobreza y promover la prosperidad (…)”[2]. De igual modo, de acuerdo con Christine Lagarde, directora del Fondo Monetario Internacional (FMI): “Las mujeres representan 70% del gasto de consumo global. Si queremos crecimiento, debemos ponerlas al mando”[3].
Sin embargo, muy a pesar de todos estos llamados de atención, las mujeres en sociedades desiguales siguen sin poder explotar su potencial, el cual podría hacer la diferencia para millones de familias en condición de vulnerabilidad. Millones de mujeres en el mundo siguen enfrentando problemas como las barreras de acceso a la educación (religiosas y económicas principalmente), sueldos más bajos, abuso psicológico y sexual, violencia física, labor doméstica no remunerada económicamente ni valorada socialmente, desempleo, embarazo adolescente, dificultades para obtener créditos o desarrollar proyectos productivos sostenibles, entre otros.
¿Por qué este debate es importante para una ciudad como Santa Marta? Porque las mujeres juegan un papel fundamental en la solución de sus problemas más relevantes y urgentes: el desarrollo estratégico del turismo, la superación de la pobreza, la planificación urbana incluyente, el fortalecimiento de la producción rural sostenible, la gestión adecuada de los recursos naturales, la organización comunitaria y de la sociedad civil, la participación ciudadana activa, el control social efectivo y un largo etcétera.
Más de 237.000 mujeres habitan en Santa Marta, lo cual representa el  51,3% de la población[4]. Pero esta mayoría numérica siempre ha sido, paradójicamente, una minoría política y económica, al igual que en el resto de Colombia y el mundo. Por esta razón se hace urgente que, en ciudades como Santa Marta, se aborde desde todos los sectores el asunto; desde las decisiones de alto nivel hasta a manera como los ciudadanos de a pie nos relacionamos unos con otros. Desde lo público, se requieren políticas focalizadas e incluyentes, sobre todo en lo educativo y laboral. Desde el sector privado, un compromiso en temas puntuales como la igualdad salarial. Desde la sociedad civil, la movilización y el empoderamiento necesario para presionar por cambios políticos como mayor inclusión de mujeres en la toma de decisiones, transparencia y participación ciudadana. Desde las escuelas y hogares, un proceso de toma de conciencia con respecto a la necesidad de promover mayor respeto hacia las mujeres en todos los ámbitos de la vida cotidiana: la música, el deporte, el lenguaje que usamos a diario, el transporte público, los colegios, la forma en que se enseña la historia, el humor, la televisión, las relaciones familiares, la división de responsabilidades y tareas en el hogar y otro largo etcétera.
En conclusión, se necesita de manera urgente que en ciudades intermedias con potenciales enormes de desarrollo, como Santa Marta, se fomente la creación los contextos adecuados para que las mujeres puedan invertir en sí mismas y sus familias, generando así prosperidad para sus sociedades. En definitiva “la inversión en la promoción de la igualdad de género y el empoderamiento de las mujeres son vitales no sólo para mejorar las condiciones económicas, sociales y políticas de la sociedad en su conjunto sino para lograr una ciudadanía integral y una democracia más sólida.”[5]

Bogotá, D.C., Colombia. 31 de agosto de 2015



[1] Bachelet, M. (2012). “Poder, La mujer como motor de crecimiento e inclusión social”. Perú: Conferencia Internacional sobre Inclusión Social.
[2] Banco Mundial. (s.f.) Objetivos de Desarrollo del Milenio. Recuperado de: http://www.bancomundial.org/odm/mujeres-igualdad.html  
[3] Fuentes, A. (2015) “Mujeres la mejor inversión”. Agenda. World Economic Forum. Recuperado de: https://agenda.weforum.org/espanol/2015/01/21/mujeres-la-mejor-inversion/
[4] DANE (2012) Proyección de población por sexo a 2012. Santa Marta: DANE.
[5] Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo –PNUD- (2012). Magdalena 2012. Estado de avance de los Objetivos de Desarrollo del Milenio, p. 83

viernes, 10 de abril de 2015

Otro nueve de abril. Uno diferente

¿Está destinada Colombia a repetir su historia de violencia y conflictos?, ¿hemos avanzado en respeto, participación y equidad? Ayer jueves nueve de abril caminé por las calles del centro histórico de Bogotá con esas preguntas en mente. En esas mismas calles, hace 67 años asesinaron a Jorge Eliécer Gaitán[1], desatándose así uno de los sucesos más violentos del país. Pensaba además que hace tres nueves de abril se declaró que esta fecha sería el “Día Nacional de la Memoria y Solidaridad con las Víctimas”; un reconocimiento tanto deseable como necesario en un país con tantas heridas olvidadas. La conmemoración busca visibilizar las víctimas de todas las violencias en el país y a la vez hace homenaje a uno de los hechos más significativos de su historia.

Hace 67 nueves de abril asesinaron a un candidato presidencial en las mismas calles que ayer recorrí. Hasta hace 10 años, sólo había leído en libros de historia acerca de los desórdenes del “Bogotazo”[2] y de cómo muchos ciudadanos salieron a las calles desesperados, sintiendo que se les escapaba de las manos la oportunidad de sentirse representados por alguien con un origen, prioridades y lenguaje similar al de ellos. Ante esta ausencia se acrecentaron el temor, el dolor y los odios políticos heredados. Por ello, el caos del Bogotazo fue una de las primeras manifestaciones del periodo que conocemos como La Violencia, una porción de la historia colombiana cuyo nombre se escribe con mayúsculas para diferenciarlo de otras violencias que sufrimos antes y que sufrimos hoy.

67 nueves de abril después, recorrí las calles del centro histórico de Bogotá, lamentando que persistan la violencia y los odios políticos heredados. Lamento además que se mantengan la falta de oportunidades, las barreras educativas y la pobreza rural y urbana. Lamentando además que persistan muchos de los factores que dieron origen al Bogotazo y a La Violencia. Me pregunto entonces si, en consecuencia, otro Bogotazo, otra ola de violencia generalizada podría desatarse. Ya vivimos durante esos 67 nueves de abril otras violencias; no sólo las de las guerrillas y las autodefensas; no sólo las de las bombas y masacres. También hemos sufrido las violencias silenciosas: las de los niños maltratados, las de los jóvenes sin oportunidades, las de las madres adolescentes, las de los habitantes de calle, las de los adultos mayores sin atención, las de las mujeres abusadas. Pareciera entonces que Colombia repite sus historias; repite sus violencias.

¿Estamos condenados entonces a otros nueves de abril en guerra? Mi respuesta es no. No somos el mismo país. Si bien no puede negarse que persisten problemas y retos como las inequidades de género, el racismo, la corrupción y la pobreza extrema, tampoco deben esconderse avances como el reconocimiento de derechos, en la protección de la diversidad y en la apertura del debate político, por solo mencionar algunos ejemplos. No deben subestimarse las manifestaciones ciudadanas en medios de comunicación y redes sociales cada vez que una autoridad busca abusar de su poder o cada vez que a un ciudadano se le viola un derecho. No deben subestimarse los cientos de miles de colombianos que marcharon ayer nueve de abril, cada uno alzando su voz por su concepción personal de la paz. No fue entonces un nueve de abril como otros. Somos un país diferente. Un país que aún tiene mucho que mejorar. Un país cuyos ciudadanos, uno a uno, han venido despertando y comprometiéndose. Un país cuyos nueves de abril han ido cambiando.





[1] Líder político del Partido Liberal que contaba con gran apoyo popular.
[2] Uno de los sucesos más relevantes de la historia del siglo XX en Colombia. Consistió en una serie de acciones violentas espontáneas que se desató en Bogotá a partir del asesinato del candidato presidencial liberal Jorge Eliécer Gaitán el 9 de abril de 1948, y que se extendió a otras poblaciones.