¿Está destinada Colombia a
repetir su historia de violencia y conflictos?, ¿hemos avanzado en respeto, participación
y equidad? Ayer jueves nueve de abril caminé por las calles del centro
histórico de Bogotá con esas preguntas en mente. En esas mismas calles, hace 67
años asesinaron a Jorge Eliécer Gaitán[1],
desatándose así uno de los sucesos más violentos del país. Pensaba además que hace
tres nueves de abril se declaró que esta fecha sería el “Día Nacional de la
Memoria y Solidaridad con las Víctimas”; un reconocimiento tanto deseable como
necesario en un país con tantas heridas olvidadas. La conmemoración busca
visibilizar las víctimas de todas las violencias en el país y a la vez hace
homenaje a uno de los hechos más significativos de su historia.
Hace 67 nueves de abril
asesinaron a un candidato presidencial en las mismas calles que ayer recorrí.
Hasta hace 10 años, sólo había leído en libros de historia acerca de los
desórdenes del “Bogotazo”[2]
y de cómo muchos ciudadanos salieron a las calles desesperados, sintiendo que se
les escapaba de las manos la oportunidad de sentirse representados por alguien
con un origen, prioridades y lenguaje similar al de ellos. Ante esta ausencia
se acrecentaron el temor, el dolor y los odios políticos heredados. Por ello,
el caos del Bogotazo fue una de las primeras manifestaciones del periodo que
conocemos como La Violencia, una porción de la historia colombiana cuyo nombre
se escribe con mayúsculas para diferenciarlo de otras violencias que sufrimos
antes y que sufrimos hoy.
67 nueves de abril después,
recorrí las calles del centro histórico de Bogotá, lamentando que persistan la
violencia y los odios políticos heredados. Lamento además que se mantengan la
falta de oportunidades, las barreras educativas y la pobreza rural y urbana. Lamentando
además que persistan muchos de los factores que dieron origen al Bogotazo y a
La Violencia. Me pregunto entonces si, en consecuencia, otro Bogotazo, otra ola
de violencia generalizada podría desatarse. Ya vivimos durante esos 67 nueves
de abril otras violencias; no sólo las de las guerrillas y las autodefensas; no
sólo las de las bombas y masacres. También hemos sufrido las violencias silenciosas:
las de los niños maltratados, las de los jóvenes sin oportunidades, las de las
madres adolescentes, las de los habitantes de calle, las de los adultos mayores
sin atención, las de las mujeres abusadas. Pareciera entonces que Colombia
repite sus historias; repite sus violencias.
¿Estamos condenados entonces a
otros nueves de abril en guerra? Mi respuesta es no. No somos el mismo país. Si
bien no puede negarse que persisten problemas y retos como las inequidades de
género, el racismo, la corrupción y la pobreza extrema, tampoco deben
esconderse avances como el reconocimiento de derechos, en la protección de la
diversidad y en la apertura del debate político, por solo mencionar algunos
ejemplos. No deben subestimarse las manifestaciones ciudadanas en medios de
comunicación y redes sociales cada vez que una autoridad busca abusar de su
poder o cada vez que a un ciudadano se le viola un derecho. No deben
subestimarse los cientos de miles de colombianos que marcharon ayer nueve de
abril, cada uno alzando su voz por su concepción personal de la paz. No fue
entonces un nueve de abril como otros. Somos un país diferente. Un país que aún
tiene mucho que mejorar. Un país cuyos ciudadanos, uno a uno, han venido
despertando y comprometiéndose. Un país cuyos nueves de abril han ido
cambiando.
[1] Líder político del Partido Liberal
que contaba con gran apoyo popular.
[2] Uno de los sucesos más
relevantes de la historia del siglo XX en Colombia. Consistió en una serie de
acciones violentas espontáneas que se desató en Bogotá a partir del asesinato
del candidato presidencial liberal Jorge Eliécer Gaitán el 9 de abril de 1948,
y que se extendió a otras poblaciones.