miércoles, 6 de julio de 2016

¿Necesitamos una constituyente para la paz? Reflexiones 25 años después de la Constitución de 1991

Cuando congresistas, gobernadores, ministros y otros altos funcionarios nacionales hablan de la posibilidad de una constituyente es porque está casi lista. Ante este escenario, los ciudadanos debemos preguntarnos, ¿necesitamos una constituyente para la paz? Mi respuesta es NO. El fetichismo normativo tan generalizado en este país no debería llevarnos a cambiar elementos sustanciales de la carta política colombiana, para no poner en riesgo todos sus logros por algo que no tenemos muy claro qué será ni cómo se logrará.

La Constitución de 1991 es un hito en la historia política, social, económica y cultural del país, pues implicó enormes transformaciones en el país en términos de apertura política, participación directa ciudadana, protección y creación de una cultura de derechos, reconocimiento de la diversidad cultural, étnica y social, libertad de cultos, protección del medio ambiente, descentralización, entre muchos otros principios de enorme importancia que hoy consideramos básicos. Además de la creación de la Corte Constitucional, ente que nos ha protegido de la dictadura de las mayorías (por ejemplo prohibiendo la reelección indefinida y permitiendo el matrimonio igualitario) y de la tutela, que ha sido utilizada por 5 millones de ciudadanos para proteger sus derechos y denunciar abusos, inoperancias e injusticias.

Por supuesto, la Constitución no es perfecta. Algunas reformas posteriores han resuelto ciertos problemas, como la reforma política de 2003 y otras que le sucedieron para poner límites a los partidos políticos y regular la participación. Sin embargo, muchos otros problemas persisten, en especial por fallas de la implementación de los principios constitucionales.  Por ejemplo, las debilidades en el equilibrio de poderes, con entidades y funcionarios sin vigilancia, como en el caso de las altas cortes e instituciones inoperantes como la Comisión de Acusaciones de la Cámara de Representantes. Además, tenemos normas que no se han aplicado como el Estatuto a la Oposición y la paz como derecho y deber; o que se han aplicado parcialmente, como la descentralización y las garantías y promoción de la participación directa ciudadana.

Sin embargo, la solución no es reformar la Constitución para tener nuevas normas que no se apliquen. La solución es la responsabilidad política y el control social. La solución no está en senadores, magistrados, columnistas o asesores presidenciales. La solución la tenemos los ciudadanos.

Somos nosotros quienes debemos exigir la aplicación de la ley (tenemos muchas, muy buenas, y debemos acatarlas antes de crear otras), reducir la abstención electoral del 50% y ejercer el voto informado (los parapolíticos y corruptos fueron elegidos por los ciudadanos), construir Estado en las regiones (apoyando escuelas, exigiendo inversión en salud, eligiendo políticos que propongan cobertura en servicios públicos), castigar a los corruptos e ineptos (no elegir herederos políticos que incumplan sus promesas de campaña o se apropien de los recursos públicos), proteger el medio ambiente (no contaminando y evitando que se atente contra nuestra riqueza natural), rechazar rotundamente la discriminación (en todas sus formas: homofobia, machismo, racismo, entre muchos otros). Porque 100 ciudadanos responsables valen más que mil reformas políticas, electorales o constitucionales. Eso sí es construcción de paz, en la cotidianidad, en las regiones, en los hogares, en las grandes ciudades, en las veredas, más allá de acuerdos, firmas, discursos y constituyentes.