Aunque sea muy popular, la propuesta recurrente de bajarles el salario a los políticos es compleja y discutible. En cambio hay varias cosas que podemos hacer las personas del común para elevar la calidad de nuestros legisladores.
Publicado originalmente en Razón Pública el 25 de julio de 2016
Contra los altos
sueldos
El pasado 20 de julio el senador Álvaro Uribe anunció un
proyecto de reforma constitucional para congelar durante cuatro años los
salarios de los congresistas y reducir el tamaño del Congreso.
Aunque parece un
asunto muy simple, se trata en realidad de un problema delicado y
polémico porque involucra temas complejos de diseño institucional, planeación
presupuestal, equilibrio de poderes, incentivos a la transparencia,
competitividad del sector público para atraer personas con la calidad y
experiencia necesarias, y pedagogía para explicar las ventajas y desventajas de
los salarios altos para los tomadores de decisiones públicas.
En efecto, hay argumentos en contra y a favor de una
propuesta como la de Uribe. Los segundos son los más populares:
En primer lugar, los ciudadanos se oponen masivamente a los
salarios elevados para unas personas
cuyo trabajo no sé sabe muy bien en qué consiste: pocos colombianos saben cómo
se tramita una ley y qué otras funciones tienen los congresistas.
En segundo lugar, produce aún más molestia que muchos de
esos funcionarios se hayan visto involucrados en escándalos de corrupción o
tengan nexos con grupos armados ilegales, a tal punto que muchos se encuentren
en la cárcel o disfrutando cínicamente
de la impunidad.
En tercer lugar, los ciudadanos se oponen a los salarios
altos porque la labor de los congresistas pocas veces se traduce en resultados
tangibles a corto o a mediano plazo. Las reformas legales suelen tardar años en
producir efectos o simplemente no tienen consecuencias llamativas para los
periodistas o que los ciudadanos puedan identificar con facilidad. Algunas gestiones de recursos para
las regiones se perciben como dádivas -en ciertos casos lo son- y trascienden
las funciones legales u oficiales de un legislador (gracias a la analogía
desafortunada de un ministro, desde hace unos años esto se conoce como
“mermelada”).
En síntesis, en el Congreso colombiano se da la combinación
nefasta de salarios altos, individuos desprestigiados, institución subestimada,
funciones desconocidas y resultados poco visibles.
A favor de los
salarios elevados
Pero también existen argumentos para justificar los salarios
elevados. En primer lugar, como sostuve en un escrito anterior (“¿Qué exigirle
a nuestros congresistas…y qué no?”), los buenos salarios atraen funcionarios
capacitados, egresados de instituciones de alta calidad y con experiencia.
Verdad que los buenos sueldos pueden atraer también a personas ineptas o con
intenciones no muy transparentes, pero al menos aseguran que el sector público
pueda competir con el sector privado y aprovechar los mejores talentos que ha
formado el país.
Un segundo elemento a considerar es el respeto a los
derechos adquiridos, y en especial a los derechos de carácter social (incluido
el salario) que la Corte Constitucional ha reiterado en varias ocasiones (por
ejemplo en la Sentencia C-853/13). Aunque se trate de una medida sumamente
popular, recortar los salarios de los
congresistas exigiría una reforma constitucional (por eso el proyecto del
senador Uribe) que a su vez implica discusiones complejas de equidad y en todo
caso sentaría un precedente peligroso que podría afectar posteriormente a otros
funcionarios y trabajadores del país.
En tercer lugar, por la importancia del Congreso y por
razones de equilibrio de poderes, la rama legislativa debe tener el mismo nivel
del presidente de la República en términos institucionales, políticos, e
incluso salariales y simbólicos. Más allá de los individuos, quienes pueden ser
populares o impopulares, el Congreso es la institución básica para la
deliberación democrática y la representación de los diversos intereses ciudadanos,
así como para el control político al poder Ejecutivo. Sin el Congreso, el
presidente sería aún más poderoso. Las minorías y la diversidad de preferencias
se verían silenciadas ante un solo individuo, elegido por las mayorías, con la
capacidad no solo de ejecutar presupuesto y decidir sobre política, sino de
cambiar las reglas de juego a su antojo.
¿Cómo se reajustan
los salarios de los congresistas?
Aquí debo aclarar que los congresistas no determinan su sueldo,
ni los aumentos del mismo. El gobierno nacional es quien señala los reajustes
en desarrollo del Artículo 187 de la Constitución: “La asignación de los miembros
del Congreso se reajustará cada año en proporción igual al promedio ponderado
de los cambios ocurridos en la remuneración de los servidores de la
administración central, según certificación que para el efecto expida el
Contralor General de la República”.
La Ley 42 de 1993 había establecido que era el gobierno
quien determinaba o decidía el reajuste
sobre la base de la certificación del Contralor, pero esta norma fue
modificada por la Ley 644 de 2001 según la cual el reajuste es automático o sea
que corresponde exactamente al certificado del Contralos y no depende para nada
del gobierno (en la tramitación de esta ley participaron congresistas del
Partido Liberal, Conservador, de la U y Cambio Radical, entre ellos Mario Uribe
como autor y Germán Vargas Lleras como ponente).
¿Qué podemos hacer
los ciudadanos?
Ahora bien, en medio de un debate tan espinoso, es muy
difícil que los congresistas aborden la discusión en los tiempos necesarios
para aprobar – o negar - el proyecto de Uribe. En especial si se tiene en
cuenta que en tan solo un año se presentaron dos proyectos de reforma
constitucional (el 03 de 2015 y el 06 de 2015) con el mismo objetivo, y que
ambos fueron archivados por falta de debate.
Este fenómeno puede repetirse, bien sea porque los
congresistas evitan temas polémicos y han preferido no legislar sobre asuntos
como el matrimonio igualitario, o porque el Congreso está ocupado en temas
coyunturales como el posconflicto, o porque los
congresistas no tienen ningún incentivo para cambiar el método de
definición de sus salarios y la negociación con el Ejecutivo que este sistema.
Ojalá en algún momento sea posible adelantar el debate de
fondo sobre la arquitectura institucional del Estado, pero entretanto los
ciudadanos del común sí podemos actuar de varias maneras:
- Informándonos más acerca de lo que hacen nuestros congresistas, y los políticos en general. A través de páginas como las de la Secretaría del Senado, la Cámara de Representantes, y Congreso Visible, donde se pueden consultar los proyectos en discusión, las leyes aprobadas, la historia de los debates, e incluso la agenda semanal de las discusiones en el Legislativo.
- Criticando, pero de manera informada y con argumentos. Las redes sociales permiten difundir opiniones, abrir debates e incluso hablarle “directamente” a los políticos. Sin embargo, estas críticas deben ser reflexivas, innovadoras y constructivas. ¿Qué es más efectivo y válido? ¿Insultar a un congresista o demostrarle que los ciudadanos vigilan su desempeño? Lo primero es facilismo malintencionado y torpe, lo segundo es control social inteligente.
- Aplicando y promoviendo el voto inteligente. ¿Por qué siempre nos quejamos de la política si siempre elegimos a los mismos para ejercerla? El voto puede ser usado como un premio a la buena gestión o como un castigo a la corrupción, a la ineficacia o a la indiferencia. En la política hay personas honorables que comparten nuestras preocupaciones y creencias ideológicas. Solo debemos identificarlos, revisar su gestión en el tema que nos importe, y votar por él o ella para garantizar que nuestros intereses estén representados.
- Combatiendo la indolencia, la abstención y la apatía. Salir de nuestra cotidianidad, preocupaciones laborales o familiares para leer sobre el Congreso, revisar la prensa, visitar las instalaciones de una corporación pública o comparar propuestas, proyectos de ley o debates es costoso en términos de tiempo, esfuerzo, conocimientos e incluso recursos económicos. Sin embargo, es necesario e incluso es nuestro deber como ciudadanos hacerlo de vez en cuando.
No se necesita revisar todos los
debates o saber de todos los temas. Pero si cada uno le hiciera seguimiento a
los asuntos de su interés, revisara las actuaciones de los congresistas que
ayudó a elegir y votara en consecuencia con esa información, se produciría un
círculo virtuoso de menor abstención electoral, más interés en la política,
mejores personas en ella, más control social y transparencia, mejores leyes y
políticas públicas, mejores debates nacionales y, en general, mejores prácticas
para la construcción de una mejor sociedad.