miércoles, 17 de agosto de 2016

Ni retrógradas ni pecadores


Jesucristo dijo: "amaos los unos a los otros". De esa frase tan sencilla pero poderosa yo entiendo que TODOS merecemos aprecio y respeto, por lo cual debemos amarnos, independientemente de nuestras diferencias. Entonces, ¿por qué poner jerarquías, prioridades o excepciones a ese amor? ¿quién es merecedor de amor y quién no? Y lo más difícil ¿quién decide aquellas personas que son dignas o no de ser apreciadas? ¿con qué autoridad y criterios?

Menciono a Jesucristo en un intento por entender la postura del “otro bando” en el debate sobre la supuesta "ideología de género", tan de moda en el país por estos días. Y es que en la discusión sobre la comunidad LGBTI versus la familia tradicional, y otras aparentes contradicciones derivadas (matrimonio civil igualitario versus matrimonio católico, adopción por parte de parejas del mismo sexo versus adopción por parte de parejas heterosexuales, entre otros falsos opuestos) yo estoy en la orilla opuesta de quienes defienden la "familia” y los "valores tradicionales". ¿No me preocupan las familias y los buenos valores? Por supuesto, no me malinterpreten, pero no pienso que ser homosexual vaya en contra de lo uno o de lo otro.

En primer lugar, porque eso que llaman ideal de "familia y valores tradicionales" no existe. Las familias de hoy, incluyendo las colombianas, son diversas y cambiantes. Abuelas, tíos, primos, hermanastros, cuñados, madres solteras, viudos, divorciados y un largo etcétera pueden hacer parte del núcleo central de una familia feliz y que forma ciudadanos que aporten a su sociedad. Lo más paradójico es que esto no es nuevo. Pero lo más gracioso es que nunca ha existido, pues varios estudios sobre las familias durante el periodo colonial señalan que estas eran muy variadas y flexibles, incluso en temas raciales, de estrato social y de formas de unión (por ejemplo, con numerosas uniones extramatrimoniales, denominadas en ese entonces amancebamiento). ¿Por qué condenar entonces a quienes no encajen en un supuesto modelo de familia que en realidad nunca ha sido la “tradición”?

En segunda instancia, por respeto a la dignidad humana. La verdad, estoy cansada de escuchar frases como "yo los respeto, pero que vivan lejos" o "yo no niego sus derechos, pero que no se me acerquen". Me pregunto si esas personas se atreverían a decir eso de los adultos mayores, de los indígenas, de los afros, de los niños, de las mujeres, de las personas en condición de discapacidad... la gran mayoría no, o al menos no reconocerían públicamente que eso es lo que piensan, porque ser racista o discriminador contra las personas antes mencionadas está muy mal visto y hay una fuerte sanción social al respecto. Pero burlarse de un "marica" sigue siendo muy barato: pocos lo repudian y aún hay un montón de justificaciones prejuiciosas para hacerlo. Aún falta mucha cultura ciudadana en la materia.

En tercer lugar, porque es un asunto de coherencia. ¿Por qué si llegamos en 1991 a un pacto social de igualdad ante la ley y de la existencia de derechos sin distinción alguna, no somos capaces de aplicar ese acuerdo de manera sistemática y sin discriminaciones? Si le preguntas a alguien si le parece importante la Constitución y el respeto de los derechos va a decir que sí, pues como principio abstracto está de acuerdo y le parece justo, pero si le preguntas si un gay debe educar a sus hijos, hacer las leyes o ser presidente puede que diga que no, sin darse cuenta que de lo primero se deriva lo segundo y hasta que no lo entendamos todos no vamos a tener una sociedad verdaderamente igualitaria.
Cuarto, porque saber que es gay no me dice nada sobre una persona. Al igual que saber que es heterosexual. Ser homosexual no te hace una buena o mala persona, una madre responsable o irresponsable, un profesional competente o incompetente, un ciudadano comprometido o indiferente.

Quinto, porque estoy del lado incluyente, respetuoso y diverso, es decir, apoyo las posturas moderadas que reconocen los derechos de quienes piensan distinto y no están dispuestos a pasar por encima de nadie. Si bien no coincido con las posturas religiosas o “tradicionales” que descalifican el homosexualismo y rechazan a la comunidad LGTBI, tampoco pienso que todos sean retrógradas fanáticos irreflexivos. De hecho, prefiero una persona con una postura conservadora pero garante de derechos y dispuesta a participar del debate con argumentos y sin insultos, que una persona que se diga liberal y defensora de los gais pero que insulte, maltrate y caricaturice la postura del que piense distinto. Ambos extremos son irrespetuosos, simplistas y dañinos. Si superamos los estereotipos sobre ambas posturas, veremos los matices y la diversidad del debate: ni los unos son retrógradas ni los otros pecadores.

Sexto porque es un asunto que refleja lo que somos como sociedad. En muchos casos, incluso llega a ser un caso de vida o muerte. ¿Acaso no nos importa la calidad de vida de miles de personas, que como Sergio Urrego son acosados diariamente, al punto de que algunos han contemplado quitarse la vida? ¿Nos importa más imponer nuestras opiniones a otros o dejar vivir tranquila y dignamente a cada uno según sus preferencias y decisiones? ¿Preferimos seguir defendiendo prejuicios y estereotipos sólo por no “dar nuestro brazo a torcer” o tomarnos el trabajo de verificarlos en la vida cotidiana, y eventualmente replantearlos? ¿Seguiremos rechazando a colegas de trabajo competentes,  compañeros de estudio brillantes, familiares amorosos o amigos valiosos solo por lo que deciden hacer en sus vidas privadas? Es importante que cada uno realice una reflexión interna sobre cada una de estas preguntas.


Para finalizar quiero rescatar un mensaje de Martin Luther King. En 1963 (100 años después de la abolición de la esclavitud en EEUU), en medio de un debate igual de complejo y delicado, el de los derechos civiles de los afroamericanos, Luther King afirmó: "Sueño que mis cuatro hijos vivirán un día en un país en el cual no serán juzgados por el color de su piel, sino por los rasgos de su personalidad". Guardadas las proporciones, y respetando la importancia de este personaje, en 2016 (25 años después de la promulgación de la Constitución política de Colombia de 1991) quiero decirle a mis compatriotas que sueño con el día en que mis futuros hijos, homosexuales o no, sean juzgados no por sus preferencias sexuales, ni por su vida privada, ni por sus relaciones sentimentales adultas y consentidas, ni por su forma de ver el mundo, la sociedad y el amor. Sueño con que TODOS seamos juzgados y apreciados por nuestro carácter, por nuestras palabras, por nuestras acciones, por nuestro compromiso ciudadano, por nuestro apego a la ley y la convivencia, por nuestro aporte a la paz, por nuestro respeto hacia los otros y por nuestro interés en el bienestar colectivo.

2 comentarios:

  1. Excelente artículo! Muy objetivo y respetuoso, un sano llamado a la reflexión y a la sana convivencia. Comparto ese anhelo, o ese gran sueño, creo que vivir en una sociedad respetuosa y digna, no debería ser un sueño, es el "deber ser".

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  2. Después del plebiscito y la victoria del NO, aunque fuera por muy poco, ese llamado a la sana convivencia, el respeto y la dignidad, es más pertinente que nunca.

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