miércoles, 17 de agosto de 2016

¿Menos sueldo para los congresistas o mayor vigilancia ciudadana?

Aunque sea muy popular, la propuesta recurrente de bajarles el salario a los políticos es compleja y discutible. En cambio hay varias cosas que podemos hacer las personas del común para elevar la calidad de nuestros legisladores.
Publicado originalmente en Razón Pública el 25 de julio de 2016

Contra los altos sueldos

El pasado 20 de julio el senador Álvaro Uribe anunció un proyecto de reforma constitucional para congelar durante cuatro años los salarios de los congresistas y reducir el tamaño del Congreso. 

Aunque parece un  asunto muy simple, se trata en realidad de un problema delicado y polémico porque involucra temas complejos de diseño institucional, planeación presupuestal, equilibrio de poderes, incentivos a la transparencia, competitividad del sector público para atraer personas con la calidad y experiencia necesarias, y pedagogía para explicar las ventajas y desventajas de los salarios altos para los tomadores de decisiones públicas. 

En efecto, hay argumentos en contra y a favor de una propuesta como la de Uribe. Los segundos son los más populares:

En primer lugar, los ciudadanos se oponen masivamente a los salarios  elevados para unas personas cuyo trabajo no sé sabe muy bien en qué consiste: pocos colombianos saben cómo se tramita una ley y qué otras funciones tienen los congresistas.

En segundo lugar, produce aún más molestia que muchos de esos funcionarios se hayan visto involucrados en escándalos de corrupción o tengan nexos con grupos armados ilegales, a tal punto que muchos se encuentren en la cárcel o  disfrutando cínicamente de la impunidad.

En tercer lugar, los ciudadanos se oponen a los salarios altos porque la labor de los congresistas pocas veces se traduce en resultados tangibles a corto o a mediano plazo. Las reformas legales suelen tardar años en producir efectos o simplemente no tienen consecuencias llamativas para los periodistas o que los ciudadanos puedan identificar con  facilidad. Algunas gestiones de recursos para las regiones se perciben como dádivas -en ciertos casos lo son- y trascienden las funciones legales u oficiales de un legislador (gracias a la analogía desafortunada de un ministro, desde hace unos años esto se conoce como “mermelada”).

En síntesis, en el Congreso colombiano se da la combinación nefasta de salarios altos, individuos desprestigiados, institución subestimada, funciones desconocidas y resultados poco visibles.

A favor de los salarios elevados

Pero también existen argumentos para justificar los salarios elevados. En primer lugar, como sostuve en un escrito anterior (“¿Qué exigirle a nuestros congresistas…y qué no?”), los buenos salarios atraen funcionarios capacitados, egresados de instituciones de alta calidad y con experiencia. Verdad que los buenos sueldos pueden atraer también a personas ineptas o con intenciones no muy transparentes, pero al menos aseguran que el sector público pueda competir con el sector privado y aprovechar los mejores talentos que ha formado el país.

Un segundo elemento a considerar es el respeto a los derechos adquiridos, y en especial a los derechos de carácter social (incluido el salario) que la Corte Constitucional ha reiterado en varias ocasiones (por ejemplo en la Sentencia C-853/13). Aunque se trate de una medida sumamente popular, recortar los salarios de  los congresistas exigiría una reforma constitucional (por eso el proyecto del senador Uribe) que a su vez implica discusiones complejas de equidad y en todo caso sentaría un precedente peligroso que podría afectar posteriormente a otros funcionarios y trabajadores del país.

En tercer lugar, por la importancia del Congreso y por razones de equilibrio de poderes, la rama legislativa debe tener el mismo nivel del presidente de la República en términos institucionales, políticos, e incluso salariales y simbólicos. Más allá de los individuos, quienes pueden ser populares o impopulares, el Congreso es la institución básica para la deliberación democrática y la representación de los diversos intereses ciudadanos, así como para el control político al poder Ejecutivo. Sin el Congreso, el presidente sería aún más poderoso. Las minorías y la diversidad de preferencias se verían silenciadas ante un solo individuo, elegido por las mayorías, con la capacidad no solo de ejecutar presupuesto y decidir sobre política, sino de cambiar las reglas de juego a su antojo.

¿Cómo se reajustan los salarios de los congresistas?

Aquí debo aclarar que los congresistas no determinan su sueldo, ni los aumentos del mismo. El gobierno nacional es quien señala los reajustes en desarrollo del Artículo 187 de la Constitución: “La asignación de los miembros del Congreso se reajustará cada año en proporción igual al promedio ponderado de los cambios ocurridos en la remuneración de los servidores de la administración central, según certificación que para el efecto expida el Contralor General de la República”.

La Ley 42 de 1993 había establecido que era el gobierno quien determinaba o decidía el reajuste  sobre la base de la certificación del Contralor, pero esta norma fue modificada por la Ley 644 de 2001 según la cual el reajuste es automático o sea que corresponde exactamente al certificado del Contralos y no depende para nada del gobierno (en la tramitación de esta ley participaron congresistas del Partido Liberal, Conservador, de la U y Cambio Radical, entre ellos Mario Uribe como autor y Germán Vargas Lleras como ponente).

¿Qué podemos hacer los ciudadanos?

Ahora bien, en medio de un debate tan espinoso, es muy difícil que los congresistas aborden la discusión en los tiempos necesarios para aprobar – o negar - el proyecto de Uribe. En especial si se tiene en cuenta que en tan solo un año se presentaron dos proyectos de reforma constitucional (el 03 de 2015 y el 06 de 2015) con el mismo objetivo, y que ambos fueron archivados por falta de debate.

Este fenómeno puede repetirse, bien sea porque los congresistas evitan temas polémicos y han preferido no legislar sobre asuntos como el matrimonio igualitario, o porque el Congreso está ocupado en temas coyunturales como el posconflicto, o porque los  congresistas no tienen ningún incentivo para cambiar el método de definición de sus salarios y la negociación con el Ejecutivo que este sistema.

Ojalá en algún momento sea posible adelantar el debate de fondo sobre la arquitectura institucional del Estado, pero entretanto los ciudadanos del común sí podemos actuar de varias maneras:
  •       Informándonos más acerca de lo que hacen nuestros congresistas, y los políticos en general. A través de páginas como las de la Secretaría del Senado, la Cámara de Representantes, y Congreso Visible, donde se pueden consultar los proyectos en discusión, las leyes aprobadas, la historia de los debates, e incluso la agenda semanal de las discusiones en el Legislativo.

  •       Criticando, pero de manera informada y con argumentos. Las redes sociales permiten difundir opiniones, abrir debates e incluso hablarle “directamente” a los políticos. Sin embargo, estas críticas deben ser reflexivas, innovadoras y constructivas. ¿Qué es más efectivo y válido? ¿Insultar a un congresista o demostrarle que los ciudadanos vigilan su desempeño? Lo primero es facilismo malintencionado y torpe, lo segundo es control social inteligente.

  •       Aplicando y promoviendo el voto inteligente. ¿Por qué siempre nos quejamos de la política si siempre elegimos a los mismos para ejercerla? El voto puede ser usado como un premio a la buena gestión o como un castigo a la corrupción, a la ineficacia o a la indiferencia. En la política hay personas honorables que comparten nuestras preocupaciones y creencias ideológicas. Solo debemos identificarlos, revisar su gestión en el tema que nos importe, y votar por él o ella para garantizar que nuestros intereses estén representados.

  •       Combatiendo la indolencia, la abstención y la apatía. Salir de nuestra cotidianidad, preocupaciones laborales o familiares para leer sobre el Congreso, revisar la prensa, visitar las instalaciones de una corporación pública o comparar propuestas, proyectos de ley o debates es costoso en términos de tiempo, esfuerzo, conocimientos e incluso recursos económicos. Sin embargo, es necesario e incluso es nuestro deber como ciudadanos hacerlo de vez en cuando.

No se necesita revisar todos los debates o saber de todos los temas. Pero si cada uno le hiciera seguimiento a los asuntos de su interés, revisara las actuaciones de los congresistas que ayudó a elegir y votara en consecuencia con esa información, se produciría un círculo virtuoso de menor abstención electoral, más interés en la política, mejores personas en ella, más control social y transparencia, mejores leyes y políticas públicas, mejores debates nacionales y, en general, mejores prácticas para la construcción de una mejor sociedad.

Ni retrógradas ni pecadores


Jesucristo dijo: "amaos los unos a los otros". De esa frase tan sencilla pero poderosa yo entiendo que TODOS merecemos aprecio y respeto, por lo cual debemos amarnos, independientemente de nuestras diferencias. Entonces, ¿por qué poner jerarquías, prioridades o excepciones a ese amor? ¿quién es merecedor de amor y quién no? Y lo más difícil ¿quién decide aquellas personas que son dignas o no de ser apreciadas? ¿con qué autoridad y criterios?

Menciono a Jesucristo en un intento por entender la postura del “otro bando” en el debate sobre la supuesta "ideología de género", tan de moda en el país por estos días. Y es que en la discusión sobre la comunidad LGBTI versus la familia tradicional, y otras aparentes contradicciones derivadas (matrimonio civil igualitario versus matrimonio católico, adopción por parte de parejas del mismo sexo versus adopción por parte de parejas heterosexuales, entre otros falsos opuestos) yo estoy en la orilla opuesta de quienes defienden la "familia” y los "valores tradicionales". ¿No me preocupan las familias y los buenos valores? Por supuesto, no me malinterpreten, pero no pienso que ser homosexual vaya en contra de lo uno o de lo otro.

En primer lugar, porque eso que llaman ideal de "familia y valores tradicionales" no existe. Las familias de hoy, incluyendo las colombianas, son diversas y cambiantes. Abuelas, tíos, primos, hermanastros, cuñados, madres solteras, viudos, divorciados y un largo etcétera pueden hacer parte del núcleo central de una familia feliz y que forma ciudadanos que aporten a su sociedad. Lo más paradójico es que esto no es nuevo. Pero lo más gracioso es que nunca ha existido, pues varios estudios sobre las familias durante el periodo colonial señalan que estas eran muy variadas y flexibles, incluso en temas raciales, de estrato social y de formas de unión (por ejemplo, con numerosas uniones extramatrimoniales, denominadas en ese entonces amancebamiento). ¿Por qué condenar entonces a quienes no encajen en un supuesto modelo de familia que en realidad nunca ha sido la “tradición”?

En segunda instancia, por respeto a la dignidad humana. La verdad, estoy cansada de escuchar frases como "yo los respeto, pero que vivan lejos" o "yo no niego sus derechos, pero que no se me acerquen". Me pregunto si esas personas se atreverían a decir eso de los adultos mayores, de los indígenas, de los afros, de los niños, de las mujeres, de las personas en condición de discapacidad... la gran mayoría no, o al menos no reconocerían públicamente que eso es lo que piensan, porque ser racista o discriminador contra las personas antes mencionadas está muy mal visto y hay una fuerte sanción social al respecto. Pero burlarse de un "marica" sigue siendo muy barato: pocos lo repudian y aún hay un montón de justificaciones prejuiciosas para hacerlo. Aún falta mucha cultura ciudadana en la materia.

En tercer lugar, porque es un asunto de coherencia. ¿Por qué si llegamos en 1991 a un pacto social de igualdad ante la ley y de la existencia de derechos sin distinción alguna, no somos capaces de aplicar ese acuerdo de manera sistemática y sin discriminaciones? Si le preguntas a alguien si le parece importante la Constitución y el respeto de los derechos va a decir que sí, pues como principio abstracto está de acuerdo y le parece justo, pero si le preguntas si un gay debe educar a sus hijos, hacer las leyes o ser presidente puede que diga que no, sin darse cuenta que de lo primero se deriva lo segundo y hasta que no lo entendamos todos no vamos a tener una sociedad verdaderamente igualitaria.
Cuarto, porque saber que es gay no me dice nada sobre una persona. Al igual que saber que es heterosexual. Ser homosexual no te hace una buena o mala persona, una madre responsable o irresponsable, un profesional competente o incompetente, un ciudadano comprometido o indiferente.

Quinto, porque estoy del lado incluyente, respetuoso y diverso, es decir, apoyo las posturas moderadas que reconocen los derechos de quienes piensan distinto y no están dispuestos a pasar por encima de nadie. Si bien no coincido con las posturas religiosas o “tradicionales” que descalifican el homosexualismo y rechazan a la comunidad LGTBI, tampoco pienso que todos sean retrógradas fanáticos irreflexivos. De hecho, prefiero una persona con una postura conservadora pero garante de derechos y dispuesta a participar del debate con argumentos y sin insultos, que una persona que se diga liberal y defensora de los gais pero que insulte, maltrate y caricaturice la postura del que piense distinto. Ambos extremos son irrespetuosos, simplistas y dañinos. Si superamos los estereotipos sobre ambas posturas, veremos los matices y la diversidad del debate: ni los unos son retrógradas ni los otros pecadores.

Sexto porque es un asunto que refleja lo que somos como sociedad. En muchos casos, incluso llega a ser un caso de vida o muerte. ¿Acaso no nos importa la calidad de vida de miles de personas, que como Sergio Urrego son acosados diariamente, al punto de que algunos han contemplado quitarse la vida? ¿Nos importa más imponer nuestras opiniones a otros o dejar vivir tranquila y dignamente a cada uno según sus preferencias y decisiones? ¿Preferimos seguir defendiendo prejuicios y estereotipos sólo por no “dar nuestro brazo a torcer” o tomarnos el trabajo de verificarlos en la vida cotidiana, y eventualmente replantearlos? ¿Seguiremos rechazando a colegas de trabajo competentes,  compañeros de estudio brillantes, familiares amorosos o amigos valiosos solo por lo que deciden hacer en sus vidas privadas? Es importante que cada uno realice una reflexión interna sobre cada una de estas preguntas.


Para finalizar quiero rescatar un mensaje de Martin Luther King. En 1963 (100 años después de la abolición de la esclavitud en EEUU), en medio de un debate igual de complejo y delicado, el de los derechos civiles de los afroamericanos, Luther King afirmó: "Sueño que mis cuatro hijos vivirán un día en un país en el cual no serán juzgados por el color de su piel, sino por los rasgos de su personalidad". Guardadas las proporciones, y respetando la importancia de este personaje, en 2016 (25 años después de la promulgación de la Constitución política de Colombia de 1991) quiero decirle a mis compatriotas que sueño con el día en que mis futuros hijos, homosexuales o no, sean juzgados no por sus preferencias sexuales, ni por su vida privada, ni por sus relaciones sentimentales adultas y consentidas, ni por su forma de ver el mundo, la sociedad y el amor. Sueño con que TODOS seamos juzgados y apreciados por nuestro carácter, por nuestras palabras, por nuestras acciones, por nuestro compromiso ciudadano, por nuestro apego a la ley y la convivencia, por nuestro aporte a la paz, por nuestro respeto hacia los otros y por nuestro interés en el bienestar colectivo.

miércoles, 6 de julio de 2016

¿Necesitamos una constituyente para la paz? Reflexiones 25 años después de la Constitución de 1991

Cuando congresistas, gobernadores, ministros y otros altos funcionarios nacionales hablan de la posibilidad de una constituyente es porque está casi lista. Ante este escenario, los ciudadanos debemos preguntarnos, ¿necesitamos una constituyente para la paz? Mi respuesta es NO. El fetichismo normativo tan generalizado en este país no debería llevarnos a cambiar elementos sustanciales de la carta política colombiana, para no poner en riesgo todos sus logros por algo que no tenemos muy claro qué será ni cómo se logrará.

La Constitución de 1991 es un hito en la historia política, social, económica y cultural del país, pues implicó enormes transformaciones en el país en términos de apertura política, participación directa ciudadana, protección y creación de una cultura de derechos, reconocimiento de la diversidad cultural, étnica y social, libertad de cultos, protección del medio ambiente, descentralización, entre muchos otros principios de enorme importancia que hoy consideramos básicos. Además de la creación de la Corte Constitucional, ente que nos ha protegido de la dictadura de las mayorías (por ejemplo prohibiendo la reelección indefinida y permitiendo el matrimonio igualitario) y de la tutela, que ha sido utilizada por 5 millones de ciudadanos para proteger sus derechos y denunciar abusos, inoperancias e injusticias.

Por supuesto, la Constitución no es perfecta. Algunas reformas posteriores han resuelto ciertos problemas, como la reforma política de 2003 y otras que le sucedieron para poner límites a los partidos políticos y regular la participación. Sin embargo, muchos otros problemas persisten, en especial por fallas de la implementación de los principios constitucionales.  Por ejemplo, las debilidades en el equilibrio de poderes, con entidades y funcionarios sin vigilancia, como en el caso de las altas cortes e instituciones inoperantes como la Comisión de Acusaciones de la Cámara de Representantes. Además, tenemos normas que no se han aplicado como el Estatuto a la Oposición y la paz como derecho y deber; o que se han aplicado parcialmente, como la descentralización y las garantías y promoción de la participación directa ciudadana.

Sin embargo, la solución no es reformar la Constitución para tener nuevas normas que no se apliquen. La solución es la responsabilidad política y el control social. La solución no está en senadores, magistrados, columnistas o asesores presidenciales. La solución la tenemos los ciudadanos.

Somos nosotros quienes debemos exigir la aplicación de la ley (tenemos muchas, muy buenas, y debemos acatarlas antes de crear otras), reducir la abstención electoral del 50% y ejercer el voto informado (los parapolíticos y corruptos fueron elegidos por los ciudadanos), construir Estado en las regiones (apoyando escuelas, exigiendo inversión en salud, eligiendo políticos que propongan cobertura en servicios públicos), castigar a los corruptos e ineptos (no elegir herederos políticos que incumplan sus promesas de campaña o se apropien de los recursos públicos), proteger el medio ambiente (no contaminando y evitando que se atente contra nuestra riqueza natural), rechazar rotundamente la discriminación (en todas sus formas: homofobia, machismo, racismo, entre muchos otros). Porque 100 ciudadanos responsables valen más que mil reformas políticas, electorales o constitucionales. Eso sí es construcción de paz, en la cotidianidad, en las regiones, en los hogares, en las grandes ciudades, en las veredas, más allá de acuerdos, firmas, discursos y constituyentes.    

miércoles, 20 de abril de 2016

¿Celebrar o no el mes de la mujer?

“Dediquemos una financiación sólida, una valiente labor de promoción y una férrea voluntad política a alcanzar la igualdad de género en todo el mundo. No hay ninguna otra mayor inversión en nuestro futuro común” Ban Ki-moon, Secretario General de las Naciones Unidas

El pasado mes de marzo se celebró una vez más el mes de la mujer. Al igual que en años anteriores, seguramente recibiste flores, chocolates o al menos varias felicitaciones por el día de la mujer. Sin embargo, más allá de lo material, vale la pena recordar cuatro puntos importantes para darle sentido a estas conmemoraciones acerca de la importancia de la mujer en todas las sociedades y de su lucha histórica por obtener equidad en todos los ámbitos.

Antes de eso, quisiera aclarar que la intención aquí no es unirse a las críticas sobre lo “comercial” o el “materialismo” alrededor del día de la mujer. En mi opinión, los detalles que se tienen ese día con las mujeres no tienen nada de malo, mucho menos las ventas y empleos que se generan en torno a ellos. Lo malo es que en ese día recibamos detalles y atenciones sin tomarnos al menos un par de minutos para reflexionar acerca de nuestras propias vidas, y las de las mujeres que nos rodean: sus condiciones de vida, entorno familiar, dificultades, futuro, proyectos, sueños y pesadillas.
De nada nos sirven el mes de la mujer y todas las demás conmemoraciones: Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer (25 de noviembre), Día Internacional de las Mujeres Rurales (15 de octubre), Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia (11 de febrero), Día Internacional de Tolerancia Cero con la Mutilación Genital Femenina (6 de febrero) si no recordamos al menos estas cuatro cosas:

  • El sentido del día y mes de la mujer es el reconocimiento de las luchas históricas femeninas, como la igualdad laboral y el derecho al sufragio. En marzo se resalta el enorme valor histórico de las luchas y huelgas femeninas desde mediados del siglo XIX en contra de las inhumanas condiciones de trabajo que padecían niñas y mujeres obreras en todo el mundo. Específicamente, se estableció el 8 de marzo como fecha simbólica, a raíz de la muerte de 129 trabajadoras que fallecieron durante el incendio de una fábrica textil en la cual fueron encerradas para que no participaran de las huelgas en favor de sus derechos.

  • Sí hay cosas que celebrar. Existen importantes reconocimientos legales y algunos cambios culturales que con mucho esfuerzo hemos obtenido las mujeres en diversos países, con apoyo por supuesto de hombres conscientes. El derecho a la propiedad, al voto, a la igualdad en las condiciones laborales, prohibición de la discriminación, participación en cargos de decisión (leyes de cuotas) y muchas otras medidas para garantizar la igualdad, al menos en el plano legal.

  • Hay muchas otras cosas que no podemos celebrar aún. La desigualdad de género en el mundo aún es muy dramática en muchos campos: por ejemplo el laboral (las mujeres en Colombia ganan en promedio 20% menos que los hombres aunque trabajan más horas) y el político (menos del 10% de los países del mundo son gobernados por mujeres). La labor doméstica y la crianza de los hijos sigue siendo subvalorada y no remunerada. El embarazo adolescente sigue reproduciendo la trampa de pobreza en todo el mundo. Los ataques con ácido, violencia intrafamiliar y agresiones sexuales como arma de guerra siguen cobrando víctimas, principalmente mujeres. El lenguaje sigue siendo patriarcal y discriminador (decir gerenta o presidenta sigue sonando extraño), los nombres para lo divino son principalmente masculinos (dios, padre, creador) y lo femenino sigue “sonando” secundario o marginal (diosa, sacerdotisa).

  • En la vida cotidiana se hace la diferencia. El cambio en la vida cotidiana es fundamental. No podemos esperar a que todos los cambios sean a través de leyes o instituciones. Nosotros podemos hacer la diferencia en: nuestro trabajo: valorando por igual los aportes de colegas femeninas; en el hogar: repartiendo labores domésticas de manera igualitaria (hijos varones también pueden lavar la loza); en la calle: no necesitamos que nos den el puesto en el bus (a menos que estemos embarazadas, seamos de la tercera edad o en condición de discapacidad) sino que eviten comentarios sobre nuestros cuerpos o ropa, lo que en realidad es acoso. No enseñes a tu hijo a maltratar verbalmente a sus hermanas, o a respetar más las decisiones del padre y no de la madre. La violencia sexual nunca es justificable, así usemos una minifalda o salgamos solas a tomar una cerveza.

El día que las mujeres nos sintamos seguras y tranquilas en la calle, que podamos acceder a educación y oportunidades laborales por igual, que recibamos salarios justos, que no se nos acose en la calle, que no se nos juzgue por nuestra ropa, que no se asuma que nuestros éxitos se deben a “favores” por parte de hombres, que podamos acceder a altos cargos sin trabas solo por ser mujeres y un largo etcétera, ese día podremos celebrar por completo. 

miércoles, 25 de noviembre de 2015

No es normal... ¡es INACEPTABLE!


NO es normal

  • Que tu pareja te insulte, agreda o tome decisiones por ti;
  • Que te quiten la cédula o te prohíban trabajar;
  • Que tu esfuerzo en el hogar o en el trabajo no se valore;
  • Que ganes menos que colegas hombres con la misma experiencia y formación;
  • Que en tu propia casa no te sientas segura y feliz;
  • Que te manoseen en el transporte público;
  • Que critiquen tu pelo, forma de vestir o actuar por no parecer "femenina";
  • Que te agredan verbalmente cada vez que sales a la calle;
  • Que cuestionen tus valores cada vez que te pones una minifalda y sales a bailar;
  • Que se te diga que no debes andar sola porque no puedes cuidarte;
  • Que te enseñen a vivir con miedo, pensando que eres incapaz o que estás indefensa;
  • Que te reclamen porque tu cuerpo no se parece al de una "modelo" de revista;
  • Que te violen porque ibas sola, o de noche, o mal vestida, y por eso "lo merecías";
  • Que te asignen solo unos cuantos colores, gustos, profesiones, roles y actitudes porque son los apropiados para una "señorita";
  • Que te obliguen a tener sexo si tu no quieres, así sea tu pareja;
  • Que te controlen tu contraseña del celular, correo electrónico o cuenta bancaria;
  • Que te critiquen si no quieres tener hijos porque no serás una "mujer de verdad";
  • Que te limiten cada vez que quieras progresar o probar algo nuevo, porque es muy peligroso para una mujer;
  • Que te obliguen a escoger entre tu familia y tu trabajo, porque querer ser exitosa es ser arribista y mala madre.

Nada de esto es normal... es INACEPTABLE. Nada de esto es cierto... es una TRAMPA. Todo esto es común, pero es DESPRECIABLE. 

La violencia contra las mujeres está a nuestro alrededor, todos los días, en todos los estratos y de todas las formas: física, psicológica, económica y un largo etcétera. Es silenciosa y progresiva. Ningún hombre maltratador golpea en la primera cita. Está en nosotras detectarla a tiempo y poner límites para protegernos, pero también, está en nosotras ayudar a nuestras vecinas, tías, hermanas, sobrinas, amigas, primas y a cualquier conocida que veamos en situación de maltrato. No aceptemos la dependencia, los celos, el maltrato, las imposiciones ni los estereotipos.

Porque somos más que faldas, maquillaje y buenos modales. Somos más que el puerco "pétalo de una rosa". Somos valientes, capaces, berracas y poderosas. Somos luchadoras y resilientes. Somos todo lo que queramos ser y no lo que nos quieran imponer. 

Felíz #DíaNaranja. 

Felíz día de la #NoViolenciaContraLaMujer

25 de noviembre de 2015

domingo, 8 de noviembre de 2015

El debate sobre la adopción igualitaria es un problema de coherencia…y de amor


Citando las palabras de una sencilla pero extraordinaria samaria, debo decir que “este país da para todo. Definitivamente García Márquez no se inventó nada”. En efecto, mi madre me repetía esas palabras mientras yo aprendía a reconocer a Macondo en cualquier esquina de Santa Marta, Bogotá y Colombia. Hoy me parece macondiano el hecho de que mi país me sorprenda positivamente con unas discusiones de avanzada como la que suscitó el reciente fallo de la Corte Constitucional a favor de la adopción por parte de parejas homosexuales; todo esto mientras no hemos sido capaces de superar problemas básicos como evitar que nuestros niños mueran de hambre y sed en Chocó, La Guajira y otros departamentos aunque los recursos para atenderlos y cuidarlos existan. Definitivamente, esto es Macondo.

Pese a esto, hoy me quiero concentrar en lo positivo. Ese debate de avanzada tan interesante y con un potencial enorme para hacernos mejores personas. En este tipo de discusiones usualmente se presentan posiciones muy fuertes, muchas veces inamovibles, asociadas a nuestra visión de sociedad y arraigadas en creencias muy sensibles y valiosas para cada persona.

En mi caso, este debate tiene que ver con algunas de mis más íntimas convicciones acerca de la necesaria IGUALDAD legal y material que aún no existe en mi país y que espero ver algún día. Por ejemplo, es supremamente injusto que una pareja amorosa quiera adoptar y que se mire primero si es homosexual en lugar de establecer su idoneidad económica y psicológica. Por ejemplo es supremamente injusto que un niño con las mismas capacidades y sueños de cualquier otro no pueda sobrevivir solo porque por los azares del destino no nació en un barrio lujoso de una gran ciudad sino en una zona rural en un municipio apartado y muera de hambre. Por ejemplo es supremamente injusto que una persona con discapacidad auditiva o visual no tenga las garantías para desarrollar todo su potencial en cualquier colegio o universidad y construir un futuro exitoso. Por ejemplo es supremamente injusto que a una persona preparada y responsable se le niegue un trabajo sólo por su color de piel. Por ejemplo es supremamente injusto que unos padres rechacen a su hijo sólo por sus preferencias sexuales. Por ejemplo es supremamente injusto que…

Querido lector o lectora, si usted no ve en TODOS los anteriores ejemplos el MISMO problema de discriminación e injusticia, entonces apreciado lector, usted tiene un problema de coherencia y por ende, usted y yo estamos en orillas opuestas de este debate.

Como sé que tengo pocas probabilidades de cambiar su opinión, a continuación presento algunas ideas sueltas de manera muy humilde y sincera, con el fin de contribuir a la reflexión de aquellas personas que, independientemente de su postura en la discusión del matrimonio y adopción igualitaria, están dispuestas a escuchar al otro, a defender su postura con argumentos serios y reflexivos, a respetar las opiniones ajenas como quiere que se respeten las suyas, y finalmente, que estén en capacidad de cuestionar algunas de sus ideas y creencias si es que estas no resultan coherentes, racionales y defendibles, pero sobre todo si no son justas, si no son  humanas.

A continuación esas ideas sueltas:

·         Existen malos padres y malas madres independientemente de su orientación sexual. De hecho, son padres heterosexuales quienes tienen hijos irresponsablemente y los abandonan.

·         Los violadores de niños no se llaman homosexuales. Se llaman pedófilos y la gente muchas veces, por ignorancia, confunde un delito (abuso sexual de menores) con una preferencia sexual válida y respetable (tener relaciones sexuales adultas con consentimiento).

·         El único problema de un niño criado por personas homosexuales viene de afuera, y es el odio, intolerancia e injusto rechazo de otras personas, principalmente heterosexuales. ¿No deberíamos entonces intentar educar a esas otras personas en el respeto y la igualdad, en lugar de culpar a padres o madres amorosas?

·         Las personas LGBTI provienen de familias heterosexuales, muchas de ellas católicas. ¿Tiene validez entonces el argumento de que las niñas y niños serán homosexuales porque los crían personas homosexuales?

·         Los mismos argumentos tradicionales y bíblicos utilizados hoy para rechazar el matrimonio igualitario y la adopción por parte de parejas del mismo sexo son los que anteriormente se usaban para impedir la abolición de la esclavitud, justificar la discriminación (contra afros, judíos, gitanos, etc.), difundir el nazismo y negarle los derechos a las mujeres en todo el mundo. Algunos de estos argumentos son: ese es el orden natural; permitir eso va en contra de Dios; lo dice la biblia; destruiría a la familia; atenta contra los valores y la moral; afectaría a nuestros niños; promovería el vicio y la perdición.

·         ¿Por qué si hemos llegado como sociedad a un consenso acerca de que TODOS somos iguales (unos sinceramente y otros porque es lo políticamente correcto), no somos capaces de llevar a la práctica ese principio y defenderlo aunque no estemos de acuerdo con los beneficiarios de esa defensa? ¿No es esa la base de una verdadera democracia?

·         No existe igualdad ante la ley, ni en la teoría ni en la práctica, si un grupo de personas es excluida de un procedimiento legal (adopción, matrimonio civil) sólo por el hecho de tener un modo de vida, ideología, cosmovisión, cultura o preferencias distintas, cualquiera que éstas sean. Lo mismo diría si los católicos en Colombia fueran minoría y se les discriminara por sus creencias.

·         Si el Estado colombiano es secular (no religioso) y lo que reclama la comunidad LGBTI es poder formalizar ante la ley sus relaciones estables, sin que esto afecte de ningún modo los matrimonios católicos, ¿por qué no existe en Colombia el matrimonio civil para parejas del mismo sexo?

·         Si en su momento la abolición de la esclavitud, los derechos de las mujeres y otros tantos intentos por acabar con injusticias históricas se hubieran decidido “democráticamente” sólo por voto popular, mujeres y afros aún seríamos ciudadanos de segunda categoría en muchos países del mundo. Si fuera sólo por el voto popular, la mayoría de avances en términos de dignidad y derechos para todos no se habrían conquistado en sociedades conservadoras, mayoritariamente religiosas o simplemente temerosas del cambio.

·         El fallo de la Corte no implica que el día de mañana cientos de parejas gay reciban a niños automáticamente. Lo que implica es que quienes quieran aplicar serán considerados en igualdad de condiciones, sin importar su orientación sexual, y deberán pasar rigurosos procedimientos para establecer su idoneidad. Hay violadores y malos padres en todos lados, de todas las posiciones políticas, de cualquier color de piel, de cualquier región del país, de cualquier preferencia sexual. Por eso lo que debemos reclamar es que el Estado sea efectivo en identificarlos y negarles la adopción si quieren ser padres y quitarles a los niños si ya lo son (aunque sean heterosexuales).

·         Existe una gran probabilidad de que alguien que usted aprecia mucho como persona o admira mucho profesionalmente sea gay y usted no se ha dado cuenta. El rechazo y la intolerancia en nuestro país hace que buenas personas no puedan vivir plenamente. ¿Dejaría de admirarlo o respetarlo si así fuera?

·         Las familias diversas, no tradicionales, distintas del rígido y anacrónico[1] modelo mamá-papá, son una realidad hoy en Colombia y eso ni el Procurador lo puede cambiar. Millones de buenas personas, exitosas y sin problemas psicológicos han sido criados por una abuela y una tía (sin la supuestamente indispensable figura paterna), es decir dos mamás; un padrino (un solo papá); una sola mamá o papá (padres solteros); dos mamás homosexuales; una mamá y un padrastro; una tía homosexual; un tío heterosexual; y un largo etcétera. Del mismo modo, muchas personas con depresión, frustraciones e infelicidad han sido criadas por parejas tradicionales (papá y mamá) pero sin amor, tolerancia o respeto. Por ende, ni la heterosexualidad es sinónimo de buena paternidad ni la homosexualidad es sinónimo de vicios y perdición.

·         ¿Cuántas personas con problemas de alcohol, drogas o sin una pareja estable son heterosexuales? ¿y cuántas homosexuales? Existe promiscuidad y drogadicción independientemente de la orientación sexual. Asociar los vicios y la falta de valores a un solo grupo de personas no solo reproduce estereotipos y va en contra de los hechos y la práctica sino que es supremamente injusto y encierra un enorme problema ético sobre el cual hay que reflexionar.

En conclusión, este debate tiene un enorme potencial para cambiar lo que somos y queremos ser como sociedad. No se trata de renunciar a nuestras creencias, eliminar la religión o transformar completamente nuestras normas, leyes y valores. Se trata simplemente de COHERENCIA. Si TODOS los días hablamos de igualdad debemos llevar ese principio teórico a la práctica. Si nuestra biblia dice que todos somos iguales ante Dios y que nos debemos amar los unos a los otros; si nuestra Constitución dice que nuestra sociedad está fundada en el respeto de la dignidad humana y todos tenemos los mismos derechos sin discriminación alguna (art. 1-5); si todas las religiones y credos hablan de amor; entonces, ¿cómo se justifica la discriminación? ¿Por qué un grupo de personas, de entrada, son malas, incapaces y problemáticas? ¿Por qué no respetamos la vida sexual y privada de todos por igual? ¿Por qué nos molesta que un hombre hable de modo “femenino”, o que una mujer se vista “masculino” si todos tenemos derecho a expresarnos libremente? ¿Por qué dejamos que otros nos impongan lo que debe ser “masculino” o “femenino”? ¿Por qué los hombres no deben llorar y las mujeres no deben entrenar o ser musculosas? ¿Por qué un dios, cualquiera que sea, no estaría de acuerdo en que nos amemos como personas, independientemente de si somos hombres o mujeres? ¿Por qué el amor que dos mujeres quieren darle a un niño vale menos que el amor de una pareja “normal”? ¿Por qué dos hombres no pueden enseñarle a un niño a ser amoroso, respetuoso y responsable?

Si no tienes una respuesta razonable, respetuosa y justa para las anteriores preguntas, entonces, mi amigo lector, estamos en el mismo lado del debate. ¡Que viva la coherencia! ¡Que viva el amor! ¡Que vivan todos los amores por igual!



[1] Error que consiste en presentar algo como propio de una época a la que no corresponde.

miércoles, 16 de septiembre de 2015

No hay desarrollo sin igualdad de género…incluso en Santa Marta

publicado originalmente en el semanario regional Opinión Caribe 

“Poner dinero en las manos de mujeres puede tener un efecto positivo a largo plazo en toda la familia, pero las mujeres siguen sufriendo más la pobreza que los hombres en el mundo”. Proyecto Half the sky

“Sólo es posible hablar de verdadero desarrollo cuando todos los seres humanos, hombres y mujeres, tengan la posibilidad de disfrutar de los mismos derechos y opciones” Organización de las Naciones Unidas (ONU)

¿Cuántas mujeres conocemos que han sido acosadas en la calle, bien sea física o verbalmente?, ¿cuántas historias hemos escuchado de jóvenes “manoseadas” en el transporte público o en lugares muy concurridos?, ¿cuántas violaciones siguen siendo justificadas por una actitud o modo de vestir de la víctima?, ¿cuántas mujeres brillantes no lograrán nunca ser gerentes, socias, ejecutivas, congresistas, ministras o presidentas a pesar de sus capacidades?, ¿cuántas personas en el mundo no pueden acceder a educación, salud, empleo o vivienda digna por el simple hecho de ser mujeres?
La igualdad de género es un tema fundamental en cualquier sociedad y uno de los principales retos de todas las democracias contemporáneas. No es un asunto de feministas extremas, de académicos aburridos, de divorciadas amargadas o de desesperadas locas que odian a los hombres, como muchos infortunadamente aún piensan. La persistencia de inequidades entre mujeres y hombres es un problema serio que se manifiesta en todos los aspectos de la vida: laboral, familiar, social, afectivo, político, educativo y económico, trayendo así profundas consecuencias en la vida diaria de hombres y mujeres, y por ende, en el futuro de un país.
Numerosos estudios señalan que los países y empresas que fomentan la equidad de género avanzan “más rápido y más lejos”. Como señaló Michel Bachelet en 2012, siendo Secretaria General Adjunta de las Naciones Unidas y Directora Ejecutiva de ONU Mujeres: “una mayor igualdad de género se correlaciona positivamente con un mayor PIB per cápita; la participación de las mujeres en la fuerza de trabajo y los ingresos genera mayor crecimiento económico y tienen un efecto multiplicador en la sociedad como un todo; la igualdad de acceso de las mujeres a la tierra y otros insumos agrícolas aumenta la productividad agrícola en un 20 a un 30%, y reduce el número de personas con hambre; las empresas con tres o más mujeres en sus juntas directivas, o en la alta dirección, superan su rendimiento en un 53% en comparación con aquellas en las cuales no está ninguna mujer”[1].
Trabajar por un entorno justo para las mujeres es entonces “un buen negocio” y no solo un discurso trasnochado sin ningún impacto. Incluso para el Banco Mundial, “empoderar a las mujeres y niñas no solo es lo correcto, sino que además es una medida acertada desde el punto de vista económico y esencial para poner fin a la pobreza y promover la prosperidad (…)”[2]. De igual modo, de acuerdo con Christine Lagarde, directora del Fondo Monetario Internacional (FMI): “Las mujeres representan 70% del gasto de consumo global. Si queremos crecimiento, debemos ponerlas al mando”[3].
Sin embargo, muy a pesar de todos estos llamados de atención, las mujeres en sociedades desiguales siguen sin poder explotar su potencial, el cual podría hacer la diferencia para millones de familias en condición de vulnerabilidad. Millones de mujeres en el mundo siguen enfrentando problemas como las barreras de acceso a la educación (religiosas y económicas principalmente), sueldos más bajos, abuso psicológico y sexual, violencia física, labor doméstica no remunerada económicamente ni valorada socialmente, desempleo, embarazo adolescente, dificultades para obtener créditos o desarrollar proyectos productivos sostenibles, entre otros.
¿Por qué este debate es importante para una ciudad como Santa Marta? Porque las mujeres juegan un papel fundamental en la solución de sus problemas más relevantes y urgentes: el desarrollo estratégico del turismo, la superación de la pobreza, la planificación urbana incluyente, el fortalecimiento de la producción rural sostenible, la gestión adecuada de los recursos naturales, la organización comunitaria y de la sociedad civil, la participación ciudadana activa, el control social efectivo y un largo etcétera.
Más de 237.000 mujeres habitan en Santa Marta, lo cual representa el  51,3% de la población[4]. Pero esta mayoría numérica siempre ha sido, paradójicamente, una minoría política y económica, al igual que en el resto de Colombia y el mundo. Por esta razón se hace urgente que, en ciudades como Santa Marta, se aborde desde todos los sectores el asunto; desde las decisiones de alto nivel hasta a manera como los ciudadanos de a pie nos relacionamos unos con otros. Desde lo público, se requieren políticas focalizadas e incluyentes, sobre todo en lo educativo y laboral. Desde el sector privado, un compromiso en temas puntuales como la igualdad salarial. Desde la sociedad civil, la movilización y el empoderamiento necesario para presionar por cambios políticos como mayor inclusión de mujeres en la toma de decisiones, transparencia y participación ciudadana. Desde las escuelas y hogares, un proceso de toma de conciencia con respecto a la necesidad de promover mayor respeto hacia las mujeres en todos los ámbitos de la vida cotidiana: la música, el deporte, el lenguaje que usamos a diario, el transporte público, los colegios, la forma en que se enseña la historia, el humor, la televisión, las relaciones familiares, la división de responsabilidades y tareas en el hogar y otro largo etcétera.
En conclusión, se necesita de manera urgente que en ciudades intermedias con potenciales enormes de desarrollo, como Santa Marta, se fomente la creación los contextos adecuados para que las mujeres puedan invertir en sí mismas y sus familias, generando así prosperidad para sus sociedades. En definitiva “la inversión en la promoción de la igualdad de género y el empoderamiento de las mujeres son vitales no sólo para mejorar las condiciones económicas, sociales y políticas de la sociedad en su conjunto sino para lograr una ciudadanía integral y una democracia más sólida.”[5]

Bogotá, D.C., Colombia. 31 de agosto de 2015



[1] Bachelet, M. (2012). “Poder, La mujer como motor de crecimiento e inclusión social”. Perú: Conferencia Internacional sobre Inclusión Social.
[2] Banco Mundial. (s.f.) Objetivos de Desarrollo del Milenio. Recuperado de: http://www.bancomundial.org/odm/mujeres-igualdad.html  
[3] Fuentes, A. (2015) “Mujeres la mejor inversión”. Agenda. World Economic Forum. Recuperado de: https://agenda.weforum.org/espanol/2015/01/21/mujeres-la-mejor-inversion/
[4] DANE (2012) Proyección de población por sexo a 2012. Santa Marta: DANE.
[5] Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo –PNUD- (2012). Magdalena 2012. Estado de avance de los Objetivos de Desarrollo del Milenio, p. 83