miércoles, 16 de septiembre de 2015

No hay desarrollo sin igualdad de género…incluso en Santa Marta

publicado originalmente en el semanario regional Opinión Caribe 

“Poner dinero en las manos de mujeres puede tener un efecto positivo a largo plazo en toda la familia, pero las mujeres siguen sufriendo más la pobreza que los hombres en el mundo”. Proyecto Half the sky

“Sólo es posible hablar de verdadero desarrollo cuando todos los seres humanos, hombres y mujeres, tengan la posibilidad de disfrutar de los mismos derechos y opciones” Organización de las Naciones Unidas (ONU)

¿Cuántas mujeres conocemos que han sido acosadas en la calle, bien sea física o verbalmente?, ¿cuántas historias hemos escuchado de jóvenes “manoseadas” en el transporte público o en lugares muy concurridos?, ¿cuántas violaciones siguen siendo justificadas por una actitud o modo de vestir de la víctima?, ¿cuántas mujeres brillantes no lograrán nunca ser gerentes, socias, ejecutivas, congresistas, ministras o presidentas a pesar de sus capacidades?, ¿cuántas personas en el mundo no pueden acceder a educación, salud, empleo o vivienda digna por el simple hecho de ser mujeres?
La igualdad de género es un tema fundamental en cualquier sociedad y uno de los principales retos de todas las democracias contemporáneas. No es un asunto de feministas extremas, de académicos aburridos, de divorciadas amargadas o de desesperadas locas que odian a los hombres, como muchos infortunadamente aún piensan. La persistencia de inequidades entre mujeres y hombres es un problema serio que se manifiesta en todos los aspectos de la vida: laboral, familiar, social, afectivo, político, educativo y económico, trayendo así profundas consecuencias en la vida diaria de hombres y mujeres, y por ende, en el futuro de un país.
Numerosos estudios señalan que los países y empresas que fomentan la equidad de género avanzan “más rápido y más lejos”. Como señaló Michel Bachelet en 2012, siendo Secretaria General Adjunta de las Naciones Unidas y Directora Ejecutiva de ONU Mujeres: “una mayor igualdad de género se correlaciona positivamente con un mayor PIB per cápita; la participación de las mujeres en la fuerza de trabajo y los ingresos genera mayor crecimiento económico y tienen un efecto multiplicador en la sociedad como un todo; la igualdad de acceso de las mujeres a la tierra y otros insumos agrícolas aumenta la productividad agrícola en un 20 a un 30%, y reduce el número de personas con hambre; las empresas con tres o más mujeres en sus juntas directivas, o en la alta dirección, superan su rendimiento en un 53% en comparación con aquellas en las cuales no está ninguna mujer”[1].
Trabajar por un entorno justo para las mujeres es entonces “un buen negocio” y no solo un discurso trasnochado sin ningún impacto. Incluso para el Banco Mundial, “empoderar a las mujeres y niñas no solo es lo correcto, sino que además es una medida acertada desde el punto de vista económico y esencial para poner fin a la pobreza y promover la prosperidad (…)”[2]. De igual modo, de acuerdo con Christine Lagarde, directora del Fondo Monetario Internacional (FMI): “Las mujeres representan 70% del gasto de consumo global. Si queremos crecimiento, debemos ponerlas al mando”[3].
Sin embargo, muy a pesar de todos estos llamados de atención, las mujeres en sociedades desiguales siguen sin poder explotar su potencial, el cual podría hacer la diferencia para millones de familias en condición de vulnerabilidad. Millones de mujeres en el mundo siguen enfrentando problemas como las barreras de acceso a la educación (religiosas y económicas principalmente), sueldos más bajos, abuso psicológico y sexual, violencia física, labor doméstica no remunerada económicamente ni valorada socialmente, desempleo, embarazo adolescente, dificultades para obtener créditos o desarrollar proyectos productivos sostenibles, entre otros.
¿Por qué este debate es importante para una ciudad como Santa Marta? Porque las mujeres juegan un papel fundamental en la solución de sus problemas más relevantes y urgentes: el desarrollo estratégico del turismo, la superación de la pobreza, la planificación urbana incluyente, el fortalecimiento de la producción rural sostenible, la gestión adecuada de los recursos naturales, la organización comunitaria y de la sociedad civil, la participación ciudadana activa, el control social efectivo y un largo etcétera.
Más de 237.000 mujeres habitan en Santa Marta, lo cual representa el  51,3% de la población[4]. Pero esta mayoría numérica siempre ha sido, paradójicamente, una minoría política y económica, al igual que en el resto de Colombia y el mundo. Por esta razón se hace urgente que, en ciudades como Santa Marta, se aborde desde todos los sectores el asunto; desde las decisiones de alto nivel hasta a manera como los ciudadanos de a pie nos relacionamos unos con otros. Desde lo público, se requieren políticas focalizadas e incluyentes, sobre todo en lo educativo y laboral. Desde el sector privado, un compromiso en temas puntuales como la igualdad salarial. Desde la sociedad civil, la movilización y el empoderamiento necesario para presionar por cambios políticos como mayor inclusión de mujeres en la toma de decisiones, transparencia y participación ciudadana. Desde las escuelas y hogares, un proceso de toma de conciencia con respecto a la necesidad de promover mayor respeto hacia las mujeres en todos los ámbitos de la vida cotidiana: la música, el deporte, el lenguaje que usamos a diario, el transporte público, los colegios, la forma en que se enseña la historia, el humor, la televisión, las relaciones familiares, la división de responsabilidades y tareas en el hogar y otro largo etcétera.
En conclusión, se necesita de manera urgente que en ciudades intermedias con potenciales enormes de desarrollo, como Santa Marta, se fomente la creación los contextos adecuados para que las mujeres puedan invertir en sí mismas y sus familias, generando así prosperidad para sus sociedades. En definitiva “la inversión en la promoción de la igualdad de género y el empoderamiento de las mujeres son vitales no sólo para mejorar las condiciones económicas, sociales y políticas de la sociedad en su conjunto sino para lograr una ciudadanía integral y una democracia más sólida.”[5]

Bogotá, D.C., Colombia. 31 de agosto de 2015



[1] Bachelet, M. (2012). “Poder, La mujer como motor de crecimiento e inclusión social”. Perú: Conferencia Internacional sobre Inclusión Social.
[2] Banco Mundial. (s.f.) Objetivos de Desarrollo del Milenio. Recuperado de: http://www.bancomundial.org/odm/mujeres-igualdad.html  
[3] Fuentes, A. (2015) “Mujeres la mejor inversión”. Agenda. World Economic Forum. Recuperado de: https://agenda.weforum.org/espanol/2015/01/21/mujeres-la-mejor-inversion/
[4] DANE (2012) Proyección de población por sexo a 2012. Santa Marta: DANE.
[5] Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo –PNUD- (2012). Magdalena 2012. Estado de avance de los Objetivos de Desarrollo del Milenio, p. 83

viernes, 10 de abril de 2015

Otro nueve de abril. Uno diferente

¿Está destinada Colombia a repetir su historia de violencia y conflictos?, ¿hemos avanzado en respeto, participación y equidad? Ayer jueves nueve de abril caminé por las calles del centro histórico de Bogotá con esas preguntas en mente. En esas mismas calles, hace 67 años asesinaron a Jorge Eliécer Gaitán[1], desatándose así uno de los sucesos más violentos del país. Pensaba además que hace tres nueves de abril se declaró que esta fecha sería el “Día Nacional de la Memoria y Solidaridad con las Víctimas”; un reconocimiento tanto deseable como necesario en un país con tantas heridas olvidadas. La conmemoración busca visibilizar las víctimas de todas las violencias en el país y a la vez hace homenaje a uno de los hechos más significativos de su historia.

Hace 67 nueves de abril asesinaron a un candidato presidencial en las mismas calles que ayer recorrí. Hasta hace 10 años, sólo había leído en libros de historia acerca de los desórdenes del “Bogotazo”[2] y de cómo muchos ciudadanos salieron a las calles desesperados, sintiendo que se les escapaba de las manos la oportunidad de sentirse representados por alguien con un origen, prioridades y lenguaje similar al de ellos. Ante esta ausencia se acrecentaron el temor, el dolor y los odios políticos heredados. Por ello, el caos del Bogotazo fue una de las primeras manifestaciones del periodo que conocemos como La Violencia, una porción de la historia colombiana cuyo nombre se escribe con mayúsculas para diferenciarlo de otras violencias que sufrimos antes y que sufrimos hoy.

67 nueves de abril después, recorrí las calles del centro histórico de Bogotá, lamentando que persistan la violencia y los odios políticos heredados. Lamento además que se mantengan la falta de oportunidades, las barreras educativas y la pobreza rural y urbana. Lamentando además que persistan muchos de los factores que dieron origen al Bogotazo y a La Violencia. Me pregunto entonces si, en consecuencia, otro Bogotazo, otra ola de violencia generalizada podría desatarse. Ya vivimos durante esos 67 nueves de abril otras violencias; no sólo las de las guerrillas y las autodefensas; no sólo las de las bombas y masacres. También hemos sufrido las violencias silenciosas: las de los niños maltratados, las de los jóvenes sin oportunidades, las de las madres adolescentes, las de los habitantes de calle, las de los adultos mayores sin atención, las de las mujeres abusadas. Pareciera entonces que Colombia repite sus historias; repite sus violencias.

¿Estamos condenados entonces a otros nueves de abril en guerra? Mi respuesta es no. No somos el mismo país. Si bien no puede negarse que persisten problemas y retos como las inequidades de género, el racismo, la corrupción y la pobreza extrema, tampoco deben esconderse avances como el reconocimiento de derechos, en la protección de la diversidad y en la apertura del debate político, por solo mencionar algunos ejemplos. No deben subestimarse las manifestaciones ciudadanas en medios de comunicación y redes sociales cada vez que una autoridad busca abusar de su poder o cada vez que a un ciudadano se le viola un derecho. No deben subestimarse los cientos de miles de colombianos que marcharon ayer nueve de abril, cada uno alzando su voz por su concepción personal de la paz. No fue entonces un nueve de abril como otros. Somos un país diferente. Un país que aún tiene mucho que mejorar. Un país cuyos ciudadanos, uno a uno, han venido despertando y comprometiéndose. Un país cuyos nueves de abril han ido cambiando.





[1] Líder político del Partido Liberal que contaba con gran apoyo popular.
[2] Uno de los sucesos más relevantes de la historia del siglo XX en Colombia. Consistió en una serie de acciones violentas espontáneas que se desató en Bogotá a partir del asesinato del candidato presidencial liberal Jorge Eliécer Gaitán el 9 de abril de 1948, y que se extendió a otras poblaciones.