jueves, 13 de octubre de 2016

Defender la Constitución de 1991 y otras lecciones del plebiscito


¿Cómo entender el triunfo del No en el plebiscito del pasado 2 de octubre? ¿Qué importancia tiene el Nobel de Paz otorgado a Juan Manuel Santos 5 días después? ¿Qué pasará con el proceso para terminar el conflicto con las FARC? ¿Qué haremos ahora?

Estas son las preguntas que la mayoría de los colombianos se plantea por estos días. En cafeterías, oficinas y redes sociales la gente esboza posibles respuestas y discute por horas al respecto. Observo positivamente como muchas personas, incluso algunas que usualmente son apáticas a las discusiones políticas, se han preocupado por el tema y lo manifiestan entre sus círculos cercanos. Lo malo es que esos debates no siempre son con argumentos. La intolerancia por el que opina distinto y el desconocimiento del tema a profundidad hacen que las discusiones sobre el futuro del país reproduzcan mentiras, repitan información malinterpretada y terminen en insultos. Por ello, las familias se fragmentan y las amistades se acaban; simplemente bloqueando a la persona en Facebook, eliminando el contacto de Whatsapp o retirándole el saludo.

Ante este ambiente de temor, incertidumbre y polarización, es importante actuar con responsabilidad. Los colombianos tenemos que estar a la altura de las circunstancias y ello significa informarse de manera adecuada, escuchar al otro y criticar constructivamente, proteger todo lo que hemos ganado y poner todo de nuestra parte como ciudadanos para convivir pacíficamente.

Informarse de manera adecuada
El Acuerdo firmado con las FARC no le entregaba el país a las FARC como dijeron los del NO, pero tampoco significaba una paz automática como decían algunos del SÍ. Muchos de los temores y críticas a ese documento se habrían aclarado con una lectura y discusión juiciosa del mismo. Por ejemplo, el Acuerdo no tiene nada que ver con la tal “ideología de género” (la cual, dicho sea de paso, es algo que no existe y se inventaron para criticar el proceso y al gobierno de paso), pues lo que menciona sobre género es que las mujeres rurales y las mujeres víctimas son prioridades en el proceso. ¿Alguien se opone a eso? Esperemos que en esta nueva fase de “renegociación” la gente se lea los acuerdos, así como las propuestas de los promotores del NO y el documento final que salga luego de un consenso entre ellos.

Escuchar al otro  y criticar constructivamente
En nada aportamos a la paz de este país si nos dedicamos a gritarles ignorantes y fanáticos religiosos a quienes votaron por el NO, o si acusamos a los del SÍ de clientelistas y promotores de la mermelada. Si en lugar de levantar la voz nos callamos unos segundos y escuchamos lo que los demás tienen por decirnos nos podemos sorprender, y de paso aprender mucho. Probablemente no cambiemos nuestra postura política, pero sí entenderemos mejor las preocupaciones de quienes piensan distinto y lo que el otro tiene para aportar en el debate sobre el futuro de este país. SIEMPRE hay algo valioso que aprender de alguien que está en desacuerdo conmigo, así termine reafirmando lo que pienso. Pero no nos podemos quedar en reconocer esto y ya. Debemos dar otro paso y es eliminar la crítica mal intencionada y destructiva, pues esta no aporta nada. El mundo sería un mejor lugar si dejáramos de acusar, usar la ironía o los insultos y nos dedicáramos a convencer al otro en un sentido positivo, presentando las ventajas de nuestro punto de vista y siempre planteando propuestas más que señalando que problemas.

 Proteger lo que hemos ganado
Si bien es innegable que se deben realizar aclaraciones y ajustes para responder a las inquietudes de millones de colombianos que votaron por el NO, también es cierto que la renegociación del Acuerdo no debe partir de cero. El Acuerdo tiene grandes aciertos como la importancia que le da a las víctimas, las medidas para solucionar el conflicto agrario, la búsqueda de la verdad, entrega de armas con verificación internacional, participación de guerrilleros en el desminado y actos de reconocimiento de lo sucedido, entre muchos otros. Pero, además de proteger los aciertos del actual proceso, debemos defender contundentemente el principal logro de nuestra historia política: La Constitución de 1991. Se escuchan propuestas irresponsables sobre una Asamblea Nacional Constituyente para elaborar una nueva constitución. En primer lugar porque no es el momento pertinente, pues la coyuntura de incertidumbre y temores no es la misma que la de 1990, cuando el ambiente de apertura, participación, inclusión y esperanza era el propicio para discutir y ponernos de acuerdo en unos principios mínimos para convivir y prosperar como sociedad.  En segunda instancia porque el resultado NO será mejor que la Constitución que ya tenemos, llena de derechos, herramientas de participación y garantías para todos y que hoy es ejemplo mundial en materia de inclusión. Finalmente, porque quienes promueven la Asamblea Constituyente defienden ideas radicales y excluyentes, las cuales no reflejan la diversidad de culturas, opiniones políticas y formas de ver el mundo que existen en nuestro país y que tienen que ser defendidas por todos, aunque no las compartamos. No podemos retroceder en este sentido.

Poner de nuestra parte en la vida cotidiana

Por último, si realmente queremos la paz, tal como lo afirmamos en redes sociales y conversaciones casuales, debemos llevar ese objetivo a todos los aspectos de nuestra vida. Presentar disculpas cuando ofenda a alguien, tratar bien a mis familiares, ser tolerante y respetuso en mi hogar, dar lo mejor de mí en el trabajo, participar en las discusiones de interés para mi barrio, no contaminar mi ciudad, denunciar la corrupción u otros delitos que yo sepa, hacerle seguimiento a las medidas que toma mi alcalde o gobernador, votar de manera responsable en las elecciones públicas, discutir los problemas de mi municipio, enterarme de las noticias y comentarlas con niños y jóvenes. En fin. Hay infinitas maneras de ser un buen ciudadano y de esta forma aportar a la construcción de un mejor país. La violencia que hay que acabar no es solo la del conflicto armado, también la violencia intrafamiliar, el maltrato en los colegios, el acoso laboral, las riñas callejeras y en general, toda la violencia cotidiana que es ejercida por ciudadanos comunes y corrientes. En conclusión, la paz no depende de lo que decidan Santos, Timochenko o Uribe. La paz depende de lo que hagamos todos los días para ser felices nosotros y hacer felices a quienes nos rodean. 

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